La tarde otoñal, tempranamente obscurecida, cubría el enorme río... Llamaban al Ángelus desde la torre de los minoritas. Las campanadas se perdían en el viento. Era el año de gracia de... hacia fines de noviembre. El viento se hacía más y más fuerte. Parecía arrastrar consigo la obscuridad desde el pueblo.
Más allá del gran río, en la ribera opuesta, donde el viejo bosque de encinas aun destacaba su negrura contra el dorado y pardo crepúsculo, manos invisibles asediaban una poderosa encina.
Los hachazos caían sordamente sobre el agua que los devolvía, yendo a retumbar, huecos, contra la despedazada orilla. Después se oyó cómo la enorme encina se desplomaba con un terrible suspiro. En su caída crujió durante largo tiempo, mientras los leñadores gritaban confusamente.
Aquí, a este lado, parecía como si el potente río, en su ciega furia, hubiera desgarrado la alta y abismal orilla. Raíces de decrépitos sauces pendían de la rasgada ribera, raíces sinuosas y gruesas como las tripas de un cuerpo despanzurrado. Más allá, un álamo partido mostraba sus blancos huesos. La orilla, al internarse en el agua, parecía un gigantesco y deforme ciervo, de frente de roca y cuernos de sauce, metido hasta las rodillas en el agua, refrescando sus horribles heridas. Porque la última crecida la había destrozado ignominiosamente. Las olas habían penetrado en sus carnes vivas cual las garras de un león enfurecido:
Saúcos, espinacas, artemisas, espinas, lampazos y demás malezas, con sus hojas enrojecidas en su marchitez otoñal, parecían grandes manchas de sangre seca. Aún de día era difícil ver a través del gigantesco río. Ahora, en la otra orilla, los contornos del gran bosque se deshacían, poco a poco, en la obscuridad. Sólo el río, mientras domado en apariencia se revolvía en su lecho, llevaba en su espuma una tenue luz cobriza.
Lajos Zilahy
Lleva más de cinco minutos en la esquina de enfrente, mirando hacia la puerta sin saber qué hacer: si entrar ahora o volver mañana con las mismas dudas de hoy.
Respira hondo y comienza a andar. Cruza la calle sin apenas mirar a los lados y, tras unos metros de acera, empuja la puerta con miedo.
Ya está.
Le indican que se siente un momento en el sofá que hay en la sala, que enseguida le atienden.
Mientras espera, observa las obras de arte que cubren las paredes, unos dibujos que rara vez se expondrán en los museos pero que, en la mayoría de las ocasiones, serán vistos por mucha más gente.
No será su caso porque el suyo solo lo verá ella, nadie más. Al menos eso piensa ahora.
A los pocos minutos le hacen pasar a otra sala, más pequeña, más oscura, más íntima...
Y en cuanto entra, lo ve.
Acostado sobre la mesa, grande, muy grande, lo suficiente para que le cubra toda la espalda: un dragón gigante.
Le vuelven a explicar cómo será el proceso, cuánto tardará, qué técnica van a utilizar... y, sobre todo, le advierten de que si sobre una espalda normal ya hace daño, sobre la suya va a doler mucho más.
Se lo piensa de nuevo durante unos segundos.
Decide seguir adelante.
Se quita la camiseta y el pantalón, se quita también el sujetador, y así, prácticamente desnuda, se tumba boca abajo en la camilla, dejando al descubierto una espalda que duele al verla. Una espalda repleta de cicatrices -de esas que nacen de las quemaduras- que han ido creciendo junto a la piel de una mujer que hace mucho años, cuando solo era una niña, visitó el infierno.
"Empezamos", escucha.
Y se estremece, y cierra los ojos tan fuerte que regresa al pasado, al momento en que ocurrió todo.
Fue hace mucho tiempo, pero es capaz de sentir el dolor y el miedo cada vez que piensa en ello, no hay forma de borrarlo. Con el paso de los años se ha dado cuenta de que algunos recuerdos duelen igual que si hubieran ocurrido ayer.
Y así, poco a poco, sobre una piel en relieve que huele a pasado, un dragón va cobrando vida.
Después de varias horas en las que su mente ha estado viajando del presente al pasado, como un pájaro que tiene tanto miedo de tocar el suelo como de seguir volando, la mujer se levanta para mirarse al espejo.
Allí está, el comienzo de un dragón, su dragón. Un dragón que nace justo donde se junta la espalda con las nalgas y que acabará, de aquí a unos días, cuando esté completo, en la nuca.
Suspira y sonríe, por fin se ha decidido.
Lo que aún no sabe es que habrá momentos en los que ese dragón despertará y no siempre podrá controlarlo.
Lo que aún no sabe es que no es ella quien se está tatuando un dragón en la espalda, sino que es el dragón el que ha encontrado un cuerpo sobre el que poder vivir.
Eloy Moreno
"Está muy claro. Siempre hay hijos de papá que se ponen a hacer la revolución, y que al final, no sé cómo, acaban dirigiéndola. Como son más instruidos, como tienen en los genes la costumbre de mandar, los pringados se fían de ellos y les ceden el timón. Pero los hijos de papá no hacen la revolución por necesidad, sino por pasatiempo, por afán aventurero o para tocarle las pelotas al viejo. Y al final, con ellos a la cabeza, la revolución se va al garete. Porque los hijos de papá listos, cuando se les cura el acné juvenil, siempre vuelven al redil y acaban en su sitio, jugando al golf con sus pares y trabajando de consejero delegado. Y la revolución la cuentan como una batallita, o lo que es peor, la sostienen sólo de boquilla, mientras la traicionan a cada minuto. Son los hijos de papá tontos los que se empeñan en continuar la revolución, junto a los pobres que les siguen; un equipo que sólo puede llegar a donde al final llegan todas las revoluciones: a ninguna parte"
(Lorenzo Silva)

"Confieso que siempre he tenido, y sigo teniendo, mis dudas acerca de la eficacia y la justicia del sistema de represión penal del delincuente. No veo en que medida puede reeducar a alguien encerrarle en un lugar atestado de alacranes frente a los que deberá sobrevivir endureciéndose, porque ya de entrada compartirá con otro dos una celda que se diseñó para uno. Tampoco creo en la disuasión del criminal por la amenaza del régimen de vida carcelario, ni siquiera por la pena de muerte en aquellas sociedades salvajes que siguen recurriendo a ella, ya que me consta que el ser humano tiene dificultades para representarse con la intensidad suficiente una situación hasta que no la está viviendo y, por si eso no bastase, suele abrigar siempre la esperanza de que no lo pillen cuando hace una trastada. La única gente a la que puede reeducar la cárcel, y a la que también disuade, es aquella que se regenera o abstiene por sí misma y por otras razones, que tienen que ver, sobre todo, con la vida que tiene posibilidad de llevar fuera de la prisión. En consecuencia, me cuesta experimentar alborozo alguno cuando envío a alguien a la sombra, más allá de lo que siempre le descarga a uno terminar un trabajo, sea éste de la índole que sea. Sólo cuando uno siente que a través del trámite de la reclusión del malvado, en sí inútil y poco prometedor, puede llevarse alivio a quien sufrió el crimen y vive en la humillación que le supone la impunidad del criminal, llega a sospecharse algún bien y algún provecho en todo el montaje. Hay quien de esta circunstancia deduce que la única finalidad real del sistema penal es el impresentable ánimo de venganza. No lo sé, porque no lo he inventado, ni lo dirijo. Prefiero pensar que se intenta una reparación, que es escasa y acaso torpe, pero a menudo la única posible. Y que, al final, pese a los simpáticos discursos de todos esos intelectuales iconoclastas, que haya policías empeñados en la fea tarea de detener a los descarriados es mejor que dejar pastar a placer a quien abate a sus semejantes."
Lorenzo Silva
"Según me ha mostrado mi propia experiencia, y algunas ajenas que he tenido ocasión de conocer con cierta profundidad gracias a mi trabajo, la vida tiene una deplorable facilidad para convertirse en algo feo e insatisfactorio. Lo peor del asunto es que, cuando le da por ahí, uno no sabe hasta dónde puede llegar, porque otra de las cosas que tiene, la vida, es que no reconoce los límites que uno quisiera imponerle para conjurar la angustia y el terror. A partir de esta constatación, varía mucho la actitud que toma cada cual. Hay quien se pega un tiro y hay quien prefiere pegárselo a otro, lo que no tiene un efecto tan definitivo sobre el problema, pero permite ganar algún tiempo. Hay gente que se sume en la tristeza, y gente que busca consuelo en alegrías artificiales, entre el surtido de ellas que nuestro moderno sistema de distribución y suministro de mercancías expende a quien pueda pagarlas. Hay quien decide enfrentar la existencia con una visión pesimista, pero también quien de forma inopinada se convierte al mas férreo optimismo.
De joven, y cuando digo joven quiero decir antes de empezar a levantar cadáveres con cierta frecuencia, yo era un pesimista obstinado y fastidioso. No descarto que fuera eso lo que me condujera, precisamente, a la psicología. Para un pesimista, el estudio de los desarreglos de la mente humana puede llegar a ser una gozosa fuente de confirmaciones de su convicción. La cosa empezó a cambiar cuando me puse a convivir de forma efectiva con el desastre, y terminó de invertirse cuando la muerte se convirtió en mi compañía y mi ocupación cotidiana. Desde entonces, soy un optimista contumaz. Ver truncarse las vidas, con todo lo que cada vida llega a contener, y verlas truncarse por motivos absurdos o irrisorios, y de formas a menudo atroces y desdichadas, despierta en uno una inevitable desconfianza hacia los semejantes, pero también una necesidad incontrolable de proteger y alimentar cada segundo la ilusión de vivir. Aunque sea estúpida, y frágil, y aunque los días y las noches te ofrezcan tantas razones para perderla."
"Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabiera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura. y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua."
(Julio Cortázar)
"-Mi porvenir son los libros -le contesté-. No su estúpida película.
-Ay, por favor se lo pido, déjese de cancioncillas revolucionarias que ya nadie se cree. Los libros pertenecen al pasado, hombre de Dios.
-Huy, Roy, ¿cómo puede usted decir eso?
-Vamos, no se me ponga triste, mi querido Goldman. Dentro de veinte años la gente ya no leerá. Así son las cosas. Estarán muy ocupados haciendo el bobo con el móvil. ¿Sabe, Goldman? La edición ya ha pasado a la historia. Los hijos de sus hijos mirarán los libros con la misma curiosidad con que nosotros miramos los jeroglíficos de los faraones. Le dirán «Abuelo, ¿para qué servían los libros?», y usted contestará: «Para soñar. O para talar árboles, ya no me acuerdo». Y entonces ya será demasiado tarde para despertarse: la estulticia de la humanidad habrá alcanzado el nivel crítico y nos mataremos entre nosotros por culpa de la estupidez congénita (lo que, de hecho, ya está pasando más o menos).
El porvenir ya no está en los libros, Goldman.
-¿Ah, no? ¿Y dónde se encuentra ese porvenir suyo, Roy?
-¡En el cine, Goldman, en el cine!
-¿En el cine?
-¡El cine, Goldman, ese es el porvenir! ¡Ahora la gente quiere imágenes! ¡La gente ya no quiere pensar, quiere que la guíen! Está esclavizada de la mañana a la noche y cuando vuelve a casa, se siente perdida: su amo y patrono, esa mano bienhechora que la alimenta, no está ahí para pegarle y conducirla. Afortunadamente, está la televisión. El hombre la enciende, se prosterna y le entrega su destino. ¿Qué debo comer, amo?, le pregunta a la televisión. ¡Lasaña congelada!, le ordena la publicidad. Y se va de cabeza a meter en el microondas el comistrajo ese. Luego vuelve a hincarse de rodillas y pregunta de nuevo: Amo, ¿y qué debo beber? ¡Coca-cola hiperazucarada! le grita la televisión, irritada. Y venga a dar órdenes: ¡Sigue zampando, cerdo, sigue zampando! Que las carnes se te pongan sebosas y fláccidas. Y el hombre obedece. Y el hombre se empapuza. Luego, pasada la hora de comer, la tele se enfada y cambia de anuncios: ¡Estás gordísimo, eres feísimo! ¡Corre a hacer gimnasia! ¡Ponte guapo! ¡Y usted de compra unos electrodos que le esculpen el cuerpo, unas cremas que le inflan los músculos mientras duerme, unas pastillas mágicas que hacen por usted toda esa gimnasia que usted ya no hace porque está digiriendo pizza! Así funciona el ciclo de la vida, Goldman. El hombre es débil. Por instinto gregario, le gusta apiñarse en unas salas oscuras que se llaman cines. Y ¡bum! Lo bombardean con anuncios, palomitas, música, revistas gratuitas y, justo antes de la película, tráilers que le dice: «¡Pazguato, te has equivocado de película, vete a ver esta otra, que es mucho mejor!». ¡Si, pero resulta que usted ya ha pagado la entrada, está atrapado! Así que tendrá que volver para ver esa otra película, y también pondrán antes un tráiler que le recordará que no es más que un pobre pardillo, y usted, desgraciado y deprimido, se irá a engullir refrescos y helados de chocolate carísimos durante el descanso para olvidarse de su mísera existencia. Puede que ya solo quede usted, y también un puñado de resistentes, amontonados en la última librería del país, pero no podrán luchar indefinidamente: la horda de zombis y esclavos acabará ganando".
(Jöel Dicker)
"Por el camino, mi madre me decía que me quería y que ya me estaba echando de menos. Antes de dejarme subir al vagón, me alargaba un cucurucho de papel con unos sándwiches que había comprado en el mismo sitio que el café y me obligaba a prometerle que iba a portarme bien y ser educado. Me daba un abrazo y aprovechaba para meterme un billete de veinte dólares en el bolsillo, luego me decía:
-Te quiero, cariño.
Entonces me plantaba dos besos en la mejilla, aunque a veces eran tres o cuatro. Decía que con uno no bastaba, aunque a mí me parecía que había más que de sobra. Cuando lo pienso ahora, me guardo rencor por no haberle dejado darme diez besos cada vez que me iba. Me guardo rencor incluso por haberme marchado, dejándola, tantas veces. Me guardo rencor por no haberme acordado lo suficiente de lo efímeras que son las madres y de no haberme repetido más a menudo: quiere a tu madre."
(Jöel Dicker)