viernes, 1 de enero de 2016

El Principito (fragmento)


"-Quisiera ver una puesta de sol... dadme ese gusto... ordenad al sol que se ponga...
-Si ordenara a un general que volara de flor en flor como una mariposa, o que escribiera una tragedia, o que se transformara en ave acuática, y el general no ejecutara la orden recibida, ¿quién de los dos estaría equivocado?
-Vos, dijo con firmeza el Principito
-Exacto. Hay que exigir a cada uno lo que cada uno puede dar -prosiguió el rey-. La autoridad se apoya ante todo en la razón. Si ordenas a tu pueblo que vaya a tirarse al mar, hará la revolución. Tengo derecho a exigir obediencia, porque mis órdenes son razonables."


miércoles, 9 de diciembre de 2015

Fragmento de "La espada en la piedra" libro I ; cuando Merlín transformó a Verruga en hormiga (me recuerda a nuestra sociedad...)

Algo después, esa misma tarde, una hormiga exploradora cruzó sobre el puente que Merlín había ordenado a Verruga que hiciera. Era una hormiga de la misma especie, pero procedía de otro nido. Fue detenida por una de las hormigas sepultureras, que le dio muerte en el acto.
La emisión cambió después de haberse radiado esta noticia, o más bien desde el momento en que unos espías descubrieron que en el otro nido había una buena provisión de semillas. 
La tonada de luna-tuna-duna fue sustituida por varias marchas militares, y la serie de órdenes se veían interrumpidas por conferencias sobre la guerra, el patriotismo y la coyuntura económica. La agradable voz aseguraba que la querida patria estaba siendo asediada por una horda de asquerosas hormigas de otro nido, y el coro inalámbrico cantó:
          
          Cuando la sangre ajena surge del cuchillo,
          Todo marcha perfectamente.


También se informaba que el Padre Hormiga había ordenado sabiamente que las necias de Otronido debían ser siempre esclavas de las de Estenido. La querida patria sólo tenía un fin, en ese momento: remediar un desgraciado estado de cosas, si no quería perecer toda la raza. Otro motivo era que la propiedad nacional de Estenido se veía amenazada. Las fronteras iban a ser violadas, los animales domésticos -los gorgojos-, serían raptados, y en el mejor de los casos todos padecerían hambre. Verruga escuchó dos de aquellas emisiones, con toda atención, a fin de poder recordarlas más adelante. 
La primera decía así: 
          A. Somos más numerosas que ellas, por tanto, tenemos derecho a apoderarnos de su mosto.
          B. Ellas son más numerosas que nosotros; por lo cual están haciendo desesperados intentos para robarnos nuestro mosto.
          C. Somos una raza superior, y nos asiste el derecho natural de sojuzgar a los enclenques.
          D. Ellas son de una raza superior, y están tratando de dominarnos a nosotras, pobres indefensas.
          E. Por consiguiente, debemos atacarlas, en defensa propia.
          F. Si no las atacamos hoy nosotras, ellas nos atacarán mañana.
          G. En todo caso, no es un ataque lo que hacemos, sino que les proporcionamos incalculables beneficios. 


(Terence H. White)
          

lunes, 23 de noviembre de 2015

El lamento del perezoso (fragmento)

Apreciado señor Fontini:
He recibido su mensaje. Lo he leído con la atención que merece. Y le aseguro que el problema no está en la instalación sanitaria. A la instalación sanitaria no le pasa nada. No es ya sólo que Sewell no haya encontrado ninguna avería: yo también la revisé palmo a palmo, cuando se produjo el último incidente, con regla y calibradores. El rebosadero de la bañera es de tamaño estándar. Si no nos cree usted ni a mí ni a Sewell (que, a fin de cuentas, es diplomado en fontanería), haga el favor de acudir al inspector municipal, suponiendo que logre usted convencerlo de que acuda, cosa que dudo, una vez oiga las dos versiones de la historia. "Si no es por algún defecto de las cañerías -dirá usted-, cómo es posible que el techo se me haya venido encima en dos ocasiones, mientras cenaba?"
No hay que buscar muy lejos, estoy convencido, para encontrar la explicación; de hecho, podría afirmarse que la tiene usted muy cerca. Creo que debería observar atentamente a su mujer mientras se baña. Si lo hace, podrá captar la siguiente sucesión de hechos:
1) La señora Fontini abre los grifos y deja que se vaya llenando la bañera mientras ella se desviste, busca el champú, quizá sin encontrarlo en seguida, va al armario de la ropa a coger una toalla limpia, etcétera.
2) Mientas está ocupada en todo lo anterior, el nivel de agua de la bañera sube rápidamente, hasta alcanzar el rebosadero, por el que baja a borbotones el líquido sobrante, lo cual a ella no le molesta, porque sabe que hay un calentador eléctrico de agua en el sótano.
3) A continuación se mete en la bañera sin tener en cuenta su considerable bulto ni tampoco la experiencia de Arquímedes y su descubrimiento de que por cada centímetro cúbico de señora Fontini que se sumerge en la bañera habrá su correspondiente centímetro cúbico de agua que alcance el rebosadero.
4) Su mujer no sabe, o lo ha olvidado, que los rebosaderos están para recoger el aumento gradual del agua ocasionado por los grifos, pero que en modo alguno pueden hacer frente a una subida brusca del nivel. Puede que los brazos de su señora, aunque gruesos y firmemente apalancados en los laterales, no estén, sencillamente dicho, a la altura de la tarea, y no sea capaces de ir bajando gradualmente el bulto del cuerpo hasta el fondo de la bañera y, por consiguiente, lo dejen caer de golpe. 
El efecto acumulado de los pasos 1) a 4) es una subida de nivel que rebasa los exiguos diques de la bañera y se derrama, en grandes oleadas de agua caliente, por el suelo del cuarto de baño. Desde allí se abre camino, por efecto de la gravedad, entre las baldosas del suelo y hasta el cielorraso de yeso de la cocina. En dicho punto, el descenso se hace más lento, pero no se detiene, porque el agua va humedeciendo el yeso, hasta dejarlo tan blando que se derrumba precipitosamente sobre su cena de usted. No quiero ser motivo de discordia entre marido y mujer, pero, si no quiere usted que le vaya facturando las sucesivas reparaciones del techo de la cocina, le sugiero que la señora Fontini se pase a la ducha o, si es incapaz de introducirse gradualmente en la bañera, o no le da la gana de hacerlo, también puede usted inventar algún mecanismo que la ayude a bajar, quizá por medio de cables y poleas. Le deseo a usted el mejor de los éxitos en tal empeño, pero, por favor, no clave nada en las paredes. En espera de ello, haga el favor de remitir a la Compañía Whittaker la cantidad de 317 dólares, que es lo que ha costado la reparación del techo. 
                                                          
                                                                        Atentamente,
                                                                        El propietario

martes, 17 de noviembre de 2015

El lamento del perezoso (fragmento)

Querida Anita:
Ayer recogí de la acera un pajarito pardo caído de su nido -bocaza de payaso y unas alitas gordezuelas, como pequeñas aletas-. Mientras los acunaba en el hueco de la mano, no pude menos que pensar en la inconsciente crueldad de la naturaleza y lo difícil que les resulta sobrevivir a quienes se ven prematuramente expulsados del nido, que han de luchar contra las congojas de la soledad y, al mismo tiempo, procurarse el alimento. Como aquel pajarito, me sentí en ese momento desamparado y desnudo frente al mundo, cuya falta de criterio en el reparto de la fortuna resulta muy difícil de entender. Y luego -así funciona el pensamiento, incontrolable, pero relacionado- hube de pensar en ti y en nuestros dos días en Rochester. (¿Fueron sólo dos? Fue una eternidad, fue un instante, o ambos a la vez. Lo expresé en un poema: "cómo nos contorsionan las artimañas del tiempo", o quizá "las agarradas del tiempo". No recuerdo bien.) Con la mente ocupada en tales pensamientos, volví rápidamente a casa y me puse a escribirte. 
Sentado ante mi mesa de trabajo, miro por la ventana el lugar que antaño ocupaba -y ya no ocupa- un olmo poderoso. Fue, como suele decirse, ayer por la mañana. Como nos pasó a nosotros, como ocurrió con nuestra relación, lo cortaron a la altura de las rodillas. 
Me quedo mirando, pensativo, y dejo que vaya desenrollándose la bobina del tiempo, mientras revivo en la memoria, fotograma a fotograma, nuestros dos días de pasión en aquel arrugado nido de sábanas y almohadas húmedas. Dos días de fábula... ¿Y luego? Y luego yo regresé a lo mío, y tú a lo tuyo. Pero ¿por qué?.
Me gustaría saber, Anita, si tú también te haces esa pregunta alguna vez. ¿Fue sencillamente que nos sentíamos obligados por una promesa que imprudentemente habíamos hecho a otras personas? Eso quisimos creer, ya lo sé. Recuerdo que en el aeropuerto, aquel domingo por la tarde, mientras esperábamos la salida de nuestros aviones separados, hablamos de la "pobre Jolie" y del "pobre Rick". Teníamos la sensación de estarnos sacrificando, nos sentíamos nobles, nos dábamos pena. Luego, nuestros labios se tocaron por última vez, sólo un momento, sin arte, porque estábamos en el paso hacia la sala de embarque y la gente nos sacudía y nos empujaba. Una vez en la pista, sólo volví la mirada una vez. Vi una hilera de rostros que observaban desde la terminal, narices y labios grotescamente aplastados contra el cristal. ¿Cuál era el tuyo? No pude identificarlo, de manera que me puse a lanzar besos a todos ellos, uno detrás del otro.
Qué distinto parece todo, ahora, pasado el tiempo. No aprecio mucha nobleza, y sí un montón de cobardías. Nos apartamos de un torrente que -si a él hubiéramos incorporado nuestra pequeña barca- nos habría llevado quién sabe adónde... A un remolino, quizá, ¡pero también, quizá, a una isla pequeña con un cocotero en medio! Fue al contrario: ¡elegimos seguir chapoteando en nuestros tranquilos estanques hogareños, aun sabiendo, en el fondo de nuestros corazones, que aquellos estanques se estaban convirtiendo rápidamente en fétidas charcas! No tardaría yo en descubrirlo, de un modo crudelísimo, y ahora acabo de enterarme, por Stephanie M., de que a ti no te ha ido mejor. Nosotros los tuvimos en cuenta a ellos, pero ¿nos tuvieron ellos alguna vez en cuenta, a nosotros? Por si te sirve de consuelo, te diré que Rick siempre me pareció un perfecto gilipollas, como se lo parece a todo el que lo conoce.
Anita: ha pasado tanta agua bajo tantos puentes...
Me temo que la felicidad ya no esté a nuestro alcance. 
Ocho turbulentos años, y la imagen que de ti tengo en la mente sigue tan frente como recién acuñada. Te estoy viendo. Viéndote estoy ahora, tal como eras en nuestra última noche juntos, sentada al borde de la cama en aquel sórdido hotel en las afueras de Rochester, hecho de hormigón. Por la ventana entra la luz de un letrero fluorescente, haciendo que la habitación oscile entre el amarillo estridente y el verde no menos estridente. Estás con la cabeza agachada, el pecho desnudo, el pelo húmedo tapándote la cara, y a la luz tornadiza intentas leer un menú grande que tienes en el regazo. Ahora la cámara se aleja y yo entro en cuadro. Estoy apoyado en un aparador, con los codos en un montón de cajas de pizza vacías. Sólo llevo puestos los pantalones, unos J.C.Penney de color marengo, sin camisa ni calcetines. Sobre la moqueta, a mis pies, hay ropa dispersa y latas de cerveza Budweiser: es, como suele decirse, el fin de una historia de amor. Tratamos de elegir entre albóndigas y pepperoni. No te das cuenta, por el cabello que te tapa los ojos, pero te estoy mirando fijamente, como para grabar tu imagen en la memoria, mientras tú parloteas de guarniciones. Lo logré con creces, al parecer, porque ahí sigue tu imagen, indeleble y dolorosa: emergiendo de la oscuridad de tu bronceado veraniego, los pechos se te vuelven rojos, se te vuelven verdes, como semáforos pestañeando en la oscura noche de la memoria. 
¿Es de veras demasiado tarde, Anita? Soy consciente de que puedes haber encontrado la felicidad en alguna otra relación -de ti sólo me llegan noticias tardías y añejas-, o quizás estés inmersa en tu trabajo y demasiado ocupada como para acordarte ni por un segundo de una pasión antigua, si eso es lo que soy. Haz pedazos, pues, esta carta, arrójala a la papelera, con los clínex y los envoltorios de caramelos. O no. Presta oídos a tu corazón. Yo tenía que escribirte. Me dije que nunca es un error agarrarse al último madero y seguir nadando. Ocurra lo que ocurra, sea cual sea la orilla a que me vea finalmente arrojado, me alegraré de haberte escrito. Es como si el pajarito que acuné en mis manos hubiera desplegado sus pequeñas alas y hubiera echado a volar, a pesar de estar muerto. 

                                                                            Afectuosamente,
                                                                                        Andrew


sábado, 14 de junio de 2014

La elegancia del erizo (fragmento II)

 Ansío las estrellas 
mas abocada estoy   
a la pecera          


Aparentemente, de vez en cuando los adultos se toman el tiempo de sentarse a contemplar el desastre de sus vidas. Entonces se lamentan sin comprender y, como moscas que chocan una y otra vez contra el mismo cristal, se inquietan, sufren, se consumen, se afligen y se interrogan sobre el engranaje que los ha conducido allí donde no querían ir. Los más inteligentes llegan incluso a hacer de ello una religión: ¡ah, la despreciable vacuidad de la existencia burguesa! Hay cínicos de esta índole que comparten mesa con papá: "¿Qué ha sido de nuestros sueños de juventud?", preguntan con aire desencantado y satisfecho. "Se han desvanecido, y cuan perra es la vida...". Odio esta falsa lucidez de la edad madura. La verdad es que son como todos los demás: chiquillos que no entienden qué les ha ocurrido y que van de duros cuando en realidad tienen ganas de llorar. 
Sin embargo, es fácil de comprender. El problema está en que los hijos se creen lo que dicen los adultos y, una vez adultos a su vez, se vengan engañando a sus propios hijos. "La vida tiene un sentido que los adultos conocen" es la mentira universal que todos creen por obligación. 
Cuando, una vez adulto, uno comprende que no es cierto, ya es demasiado tarde. El misterio permanece intacto, pero hace tiempo que se ha malgastado en actividades estúpidas toda la energía disponible. Ya no le queda a uno más que anestesiarse  como puede tratando de enmascarar el hecho de que no le encuentra ningún sentido a la vida, y engaña a sus propios hijos para intentar convencerse mejor a sí mismo. De entre las personas que frecuenta mi familia, todas han seguido el mismo camino: una juventud dedicada a tratar de rentabilizar la propia inteligencia, a exprimir como un limón el filón de los estudios y a asegurarse una posición de élite; y luego toda una vida dedicada a preguntarse con estupefacción por qué tales esperanzas han dado como fruto una existencia tan vana. La gente cree ansiar y perseguir las estrellas, pero termina como peces de colores en una pecera. Me pregunto si no sería más sencillo enseñarles a los niños desde el principio que la vida es absurda. Ello le robaría algunos buenos momentos a la infancia, pero permitiría que el adulto ganara un tiempo considerable (por no hablar de que uno se ahorraría al menos un trauma: el de la pecera).
En lo que a mí respecta, tengo doce años, vivo en la calle Grenelle, número 7, en un piso de ricos. Mis padres son ricos, mi familia es rica y por consiguiente mi hermana y yo somos virtualmente ricas...

...Pese a ello, pese a toda esta suerte y toda esta riqueza, hace mucho tiempo que sé que el destino final es la pecera. ¿Que cómo lo sé? Pues porque da la casualidad de que soy muy inteligente. Excepcionalmente inteligente, incluso. Como no me apetece mucho llamar la atención, y en una familia en la que la inteligencia se considera un valor supremo a una niña superdotada no la dejarían nunca en paz, en el colegio trato de hacer menos de lo que podría, pero aún así siempre soy la primera en todo. Hay quien podría pensar que resulta fácil hacerse pasar por alguien con una inteligencia normal cuando, como yo, a los doce años se tiene el nivel de una universitaria de una facultad de dificultad superior. Pero ¡no, en absoluto! Hay que esforzarse mucho por parecer más tonto de lo que se es...

...No me siento especialmente orgullosa porque tampoco es que el mérito sea mío. Pero lo que está claro es que yo no pienso terminar en la pecera. He reflexionado mucho antes de tomar esta decisión. 
Incluso para una persona tan inteligente como yo, con tanta facilidad para los estudios, tan diferente de los demás y tan superior a la mayoría de la gente, mi vida ya está toda trazada, lo cual es tristísimo: nadie parece haber caído en la cuenta de que si la existencia es absurda, lograr en ella un éxito brillante no tiene más valor que fracasar por completo. Simplemente es más cómodo. O ni siquiera: creo que la lucidez hace amargo el éxito, mientras que la mediocridad alberga siempre alguna esperanza. 

Por muy inteligente que yo sea, no sé cuánto tiempo aún podré  luchar contra esta tendencia biológica... 
... Por eso he tomado una decisión: al final de este curso, el día en que cumpla 13 años, el próximo 16 de junio, me suicidaré. 

La elegancia del erizo (fragmento)





"La aparición de las cintas de vídeo y, más adelante, del dios DVD, cambió las cosas de manera aún más radical en lo que a mi beatitud se refiere. Como no es muy frecuente que una portera disfrute con Muerte en Venecia, y que de la portería provengan notas de Mahler, recurrí a los ahorros conyugales, con tanto esfuerzo reunidos, y adquirí otro aparato que instalé en mi escondrijo. 
Mientras, garante de mi clandestinidad, el televisor de la portería berreaba sin que yo lo oyera insensateces para cerebros poco o nada refinados, yo podía extasiarme, con lágrimas en los ojos, ante los milagros del Arte." 


lunes, 2 de junio de 2014

La doctora Cole (Noah Gordon)

Tercer y último libro de la trilogía de la familia Cole. Qué puedo decir, me ha encantado, la descripción del pueblecito, el río, el bosque... casi podía sentir que yo misma vivía allí. Por otra parte es un reflejo perfecto del sistema sanitario en EE.UU., del que hace una dura crítica y pone de relieve sus múltiples deficiencias. 

"Una abogada convertida en médica, especialista en las enfermedades causadas por los errores de médicos y hospitales, alguien que examinaba el trabajo de sus iguales y los juzgaba, y que a menudo les hacía perder dinero. En sus comienzos, algunos de sus colegas la llamaban "la doctora chivata", sobrenombre que ella ostentaba con orgullo. El director médico vio cómo la doctora chivata sobrevivía y prosperaba hasta que llegó a convertirse en la doctora Cole, aceptada porque era honrada y tenaz."
"Era una doctora de medicina general interesada en la medicina familiar, en un hospital que no tenía un departamento de medicina familiar. Eso la convertía en una especie de factótum, una jugadora comodín. Su trabajo para el hospital y la facultad de medicina caía entre los límites de los diferentes departamentos: recibía pacientes embarazadas, pero alguien de obstetricia atendía el parto; del mismo modo, casi siempre enviaba sus pacientes a un cirujano, a un gastroenterólogo o a cualquiera entre más de una docena de especialistas. Por lo general no volvía a ver más al paciente..."
"...hacía ya mucho tiempo que la práctica de la medicina había dejado de proporcionarle placer. Dedicaba demasiado tiempo a repasar y firmar documentos de seguros: un impreso especial si alguien necesitaba oxígeno, un impreso especial largo para esto, un impreso especial corto para aquello, por duplicado, por triplicado, impresos distintos para cada compañía de seguros. 
Sus visitas en el consultorio tendían a ser breves e impersonales. Anónimos expertos en eficacia de las compañías de seguros habían determinado cuánto tiempo y cuántas visitas podía conceder a cada paciente, quién debía ser rápidamente despachado a análisis, a rayos X, a ultrasonidos, a resonancia magnética, los procedimientos que hacían casi todo el trabajo de diagnóstico y que la protegían contra juicios por negligencia profesional. No tenía tiempo ni ocasión para relacionarse con sus pacientes como personas, para ser una verdadera médica."

domingo, 25 de mayo de 2014

Chamán - Noah Gordon

Una de las cosas que más me impactó de este libro es conocer la historia de los indios, de cómo se les persiguió y arrebató todo hasta casi el exterminio, y darme cuenta de lo despreciable que llega a ser el ser humano




"Mientras comía conejo guisado en la casa de Makwa-ikwa, ésta le comunicó serenamente que los sauk deseaban que él les hiciera un favor.
En el transcurso del crudo invierno, habían conseguido varias pieles con sus trampas. Ahora tenían dos fardos de excelentes pieles de visón, de zorro, de castor y ratón almizclero. Querían canjear las pieles por semillas para sembrar su primer cultivo del verano.
Rob J. quedó sorprendido porque nunca había pensado en los indios como agricultores.
- Si nosotros lleváramos las pieles a un comerciante blanco, nos estafaría- comentó Makwa-ikwa.
Lo dijo sin rencor, como hubiera podido contarle cualquier otra cosa.
De modo que una mañana él y Alden Kimball partieron rumbo a Rock Island con dos caballos de carga en los que llevaban las pieles, y otro caballo sin ningún tipo de carga. Rob J. negoció con el tendero del lugar y a cambio de las pieles consiguió cinco sacos de maíz de siembra y tres sacos más: uno de semillas de judía, uno de semillas de calabaza, y otro de semillas de calabacín. Recibió además tres monedas de oro de veinte dólares de Estados Unidos para proporcionar  a los sauk una pequeña reserva de emergencia, por si necesitaban comprar otras cosas a los blancos.
Alden estaba asombrado por la perspicacia de su patrón, convencido de que éste había planeado el complicado trato comercial en beneficio propio. 
Esa noche se quedaron en Rock Island. En una taberna, Rob pidió dos vasos de cerveza ligera y escuchó los recuerdos jactanciosos de quienes en otros tiempos habían luchado contra los indios.
-Todo esto pertenecía a los sauk y a los fox -afirmó el tabernero de ojos legañosos-. Los sauk se llamaban a sí mismos osaukie, y los fox, mesquakie. Eran dueños de todo lo que hay entre el Mississippi al oeste, el lago Michigan al este, el Wisconsin al norte y el río Illinois al sur:
¡cincuenta millones de acres de la mejor tierra de cultivo! La población más grande era sauk-e-nuk, una ciudad corriente, con calles y una plaza. Allí vivían once mil sauk, cultivando dos mil quinientos acres entre el río Rock y el Mississippi. Bueno, no nos llevó mucho tiempo espantar a esos bastardos rojos y hacer producir esa maravillosa tierra.
Las historias que contaban eran anécdotas de peleas sangrientas contra Halcón Negro y sus guerreros, en las que los indios siempre eran malvados y los blancos siempre valientes y nobles. Eran historias contadas por veteranos de las Grandes Cruzadas, casi siempre mentiras evidentes, sueños de lo que podría haber sido si aquellos que las contaban hubiesen sido mejores hombres. Rob J. admitía que la mayoría de los hombres blancos no lograba ver lo que él veía cuando miraba a los indios. Los otros hablaban como si los sauk fueran animales salvajes que habían sido justamente acorralados hasta que huyeron, haciendo que el país resultara más seguro para los seres humanos. 
Rob había estado buscando toda su vida la libertad espiritual que veía en los sauk. Era eso lo que perseguía cuando escribió aquella octavilla en Escocia, lo que había pensado que moría cuando colgaron a Andrew Gerould. Ahora lo había descubierto en un puñado de gentuza extranjera de piel roja. No se estaba dejando llevar por el romanticismo: reconocía la mugre del campamento sauk, el atraso de su cultura en un mundo que los había dejado de lado. Pero mientras bebía su cerveza, intentando fingir interés en las historias alcohólicas de destripamientos, cabelleras arrancadas, pillaje y rapiña, supo que Makwa-ikwa y sus sauk eran lo mejor que le había ocurrido en esas tierras"