martes, 8 de septiembre de 2020

Cometas en el cielo (fragmento)




“—Dijo: «Tengo mucho miedo». Y yo le pregunté: «¿Por qué?», y ella respondió: «Porque soy profundamente feliz, doctor Rasul. Una felicidad así asusta». Le pregunté por qué y dijo: «Sólo te permiten ser así de feliz cuando están preparándose para llevarse algo de ti”

Khaled Hosseini


jueves, 27 de agosto de 2020

Un grito de amor desde el centro del mundo (fragmento IV)

 Media hora después, los padres de Aki salieron de la habitación. Su madre, presionándose el pañuelo contra los ojos, me dijo con voz lacrimosa:

-Ve con ella.

Siguiendo las indicaciones de la enfermera, me puse ropa aséptica, el gorro, los guantes. Aki estaba en una habitación aislada. Llevaba la aguja de la instilación en un brazo y la máscara de oxígeno. Cuando le tomé la mano libre, abrió los ojos en silencio. Estábamos solos en la habitación.

-Tenemos que despedirnos -dijo ella-. Pero no estés triste.

Sacudí la cabeza con desmayo. 

-Dejando aparte que mi cuerpo ya no estará aquí, no hay por qué estar triste -prosiguió tras hacer una pausa-. Y sí, ¿sabes? me da la sensación de que el paraíso sí existe. Empiezo a sentirme como si esto ya lo fuera.

-Vendré enseguida- logré decirle, al fin.

-Te espero -Aki esbozó una sonrisa fugaz-. No hace falta que te des prisa. Aunque no esté aquí, yo siempre estaré contigo.

-Ya lo sé.

-Encuéntrame otra vez, ¿vale?

-Te encontraré enseguida. 




viernes, 21 de agosto de 2020

Un grito de amor desde el centro del mundo (fragmento III)

 De pronto, tuve una horrible certeza. Por más tiempo que viviera, jamás podría esperar una felicidad mayor que la que sentía en aquel momento. Lo único que podía hacer era intentar conservarla para siempre. Me horrorizó la felicidad que sentía. Si la porción de dicha que corresponde a cada uno estaba fijada de antemano, en aquellos instantes quizá estuviera agotando la parte que a mí me correspondía para mi vida entera, y, algún día, los mensajeros de la luna me arrebatarían a mi princesa. Entonces sólo me quedaría un tiempo tan largo como la vida eterna. 

De pronto, me di cuenta de que Aki me estaba mirando. ¿Tan seria era mi expresión? Porque la sonrisa que ella esbozaba se borró súbitamente de su rostro. 

-¿Qué te pasa?

Negué con un forzado movimiento de cabeza.

-Nada.

Después de clase, todos los días regresábamos juntos a casa. Recorríamos el camino de vuelta tan despacio como nos era posible. A veces, para disponer de más tiempo, dábamos un rodeo. Con todo, en un santiamén llegábamos a la bifurcación donde teníamos que separarnos. Era extraño. Aquel camino, cuando lo recorría solo, me parecía largo y aburrido, pero cuando iba con Aki, charlando, hubiera querido seguir andando eternamente. Ni siquiera notaba el peso de la cartera atiborrada de libros de texto y diccionarios.

<<Posiblemente, en la vida nos ocurra lo mismo>>, pensé unos años más tarde. <<Una vida solitaria se hace larga y tediosa. Sin embargo, cuando la compartes con la persona amada, en un santiamén llegas a la bifurcación donde tienes que decirle adiós>>. 

jueves, 20 de agosto de 2020

Un grito de amor desde el centro del mundo (fragmento)

A mí me parecía una ciudad maldita. Todo estaba igual que cuatro meses atrás. Durante aquellos cuatro meses, una estación había sucedido a otra estación y, en Australia, la primavera incipiente había dado paso al pleno verano. Pero nada más. Sólo eso.

Íbamos a pasar la noche en el hotel y a regresar en el vuelo de la mañana siguiente. La diferencia horaria con Japón es muy pequeña, de modo que, desde nuestra salida, el tiempo había transcurrido tal cual. Después de cenar, me tendí en la cama y me quedé absorto con la mirada clavada en el techo. Y me dije a mí mismo: "Aki no está".

Tampoco estaba cuatro meses atrás. La dejamos en Japón cuando vinimos de viaje de estudios, los de la clase de bachillerato. Desde una ciudad japonesa cerca de Australia hasta una ciudad australiana cerca de Japón. En una ruta así, no hay que hacer escala a medio camino para repostar combustible. Por esa curiosa razón aquella ciudad había entrado en mi vida. La había encontrado hermosa. Todo cuanto veía me parecía diferente, exótico, fresco. Aki existía. Aki lo estaba viendo a través de mis ojos. Pero ahora, vea lo que vea, no siento nada. ¿Qué diablos debería mirar yo aquí?

Eso es porque Aki se ha ido. Porque la he perdido. Ya no hay nada que desee ver. Ni en Australia, ni en Alaska, ni en el Mediterráneo, ni en la Antártida. En este mundo, vaya a dónde vaya, siempre me sucederá lo mismo. Por más maravilloso que sea el paisaje que tenga ante los ojos, nunca me emocionaré; la más hermosa de las vistas no me gustará. Ha desaparecido la persona que me hacía desear ver, saber y sentir..., incluso vivir. Ella ya no volverá a estar jamás a mi lado.

Sólo cuatro meses. Sucedió en el tiempo en que una estación da paso a la otra. Una chica se fue sin más de este mundo. Un hecho insignificante, sin duda, si a ella la consideras uno entre seis mil millones de seres humanos. Pero yo no estoy con esos seis mil millones. A mí, una sola muerte me ha despojado de todas mis emociones. Aquí es donde estoy yo. Donde me encuentro sin ver nada, sin oír nada, sin sentir nada. Pero ¿estoy aquí realmente? Y si no, ¿dónde estoy entonces?

Un grito de amor desde el centro del mundo (fragmento)

 "Poco después de que despegara el avión, me dormí. Y tuve un sueño. Soñé con Aki, cuando todavía estaba bien. En el sueño, ella me sonreía. Con su sonrisa de siempre, un poco cohibida. <<¡Sakuchan!>>, me llamaba. Su voz permanece claramente en mis oídos. <<¡Ojalá el sueño fuera realidad y la realidad fuese un sueño!>>, pienso. Pero es imposible. Por eso, al despertarme, siempre estoy llorando. No es porque esté triste. Es que, cuando regreso a la realidad desde un sueño feliz, me topo con una fisura que me es imposible franquear sin verter lágrimas. Y eso, por más veces que me ocurra, siempre es así."

sábado, 14 de marzo de 2020

Inicio de "Algo flota sobre el agua"



La tarde otoñal, tempranamente obscurecida, cubría el enorme río... Llamaban al Ángelus desde la torre de los minoritas. Las campanadas se perdían en el viento. Era el año de gracia de... hacia fines de noviembre. El viento se hacía más y más fuerte. Parecía arrastrar consigo la obscuridad desde el pueblo.
Más allá del gran río, en la ribera opuesta, donde el viejo bosque de encinas aun destacaba su negrura contra el dorado y pardo crepúsculo, manos invisibles asediaban una poderosa encina. 
Los hachazos caían sordamente sobre el agua que los devolvía, yendo a retumbar, huecos, contra la despedazada orilla. Después se oyó cómo la enorme encina se desplomaba con un terrible suspiro. En su caída crujió durante largo tiempo, mientras los leñadores gritaban confusamente. 
Aquí, a este lado, parecía como si el potente río, en su ciega furia, hubiera desgarrado la alta y abismal orilla. Raíces de decrépitos sauces pendían de la rasgada ribera, raíces sinuosas y gruesas como las tripas de un cuerpo despanzurrado. Más allá, un álamo partido mostraba sus blancos huesos. La orilla, al internarse en el agua, parecía un gigantesco y deforme ciervo, de frente de roca y cuernos de sauce, metido hasta las rodillas en el agua, refrescando sus horribles heridas. Porque la última crecida la había destrozado ignominiosamente. Las olas habían penetrado en sus carnes vivas cual las garras de un león enfurecido:
Saúcos, espinacas, artemisas, espinas, lampazos y demás malezas, con sus hojas enrojecidas en su marchitez otoñal, parecían grandes manchas de sangre seca. Aún de día era difícil ver a través del gigantesco río. Ahora, en la otra orilla, los contornos del gran bosque se deshacían, poco a poco, en la obscuridad. Sólo el río, mientras domado en apariencia se revolvía en su lecho, llevaba en su espuma una tenue luz cobriza. 

Lajos Zilahy

domingo, 13 de octubre de 2019

Invisible




Lleva más de cinco minutos en la esquina de enfrente, mirando hacia la puerta sin saber qué hacer: si entrar ahora o volver mañana con las mismas dudas de hoy. 
Respira hondo y comienza a andar. Cruza la calle sin apenas mirar a los lados y, tras unos metros de acera, empuja la puerta con miedo.
Ya está.
Le indican que se siente un momento en el sofá que hay en la sala, que enseguida le atienden. 
Mientras espera, observa las obras de arte que cubren las paredes, unos dibujos que rara vez se expondrán en los museos pero que, en la mayoría de las ocasiones, serán vistos por mucha más gente. 
No será su caso porque el suyo solo lo verá ella, nadie más. Al menos eso piensa ahora.
A los pocos minutos le hacen pasar a otra sala, más pequeña, más oscura, más íntima...
Y en cuanto entra, lo ve.
Acostado sobre la mesa, grande, muy grande, lo suficiente para que le cubra toda la espalda: un dragón gigante.
Le vuelven a explicar cómo será el proceso, cuánto tardará, qué técnica van a utilizar... y, sobre todo, le advierten de que si sobre una espalda normal ya hace daño, sobre la suya va a doler mucho más.
Se lo piensa de nuevo durante unos segundos.
Decide seguir adelante.
Se quita la camiseta y el pantalón, se quita también el sujetador, y así, prácticamente desnuda, se tumba boca abajo en la camilla, dejando al descubierto una espalda que duele al verla. Una espalda repleta de cicatrices -de esas que nacen de las quemaduras- que han ido creciendo junto a la piel de una mujer que hace mucho años, cuando solo era una niña, visitó el infierno.

"Empezamos", escucha. 
Y se estremece, y cierra los ojos tan fuerte que regresa al pasado, al momento en que ocurrió todo. 
Fue hace mucho tiempo, pero es capaz de sentir el dolor y el miedo cada vez que piensa en ello, no hay forma de borrarlo. Con el paso de los años se ha dado cuenta de que algunos recuerdos duelen igual que si hubieran ocurrido ayer. 
Y así, poco a poco, sobre una piel en relieve que huele a pasado, un dragón va cobrando vida. 
Después de varias horas en las que su mente ha estado viajando del presente al pasado, como un pájaro que tiene tanto miedo de tocar el suelo como de seguir volando, la mujer se levanta para mirarse al espejo.
Allí está, el comienzo de un dragón, su dragón. Un dragón que nace justo donde se junta la espalda con las nalgas y que acabará, de aquí a unos días, cuando esté completo, en la nuca. 
Suspira y sonríe, por fin se ha decidido.
Lo que aún no sabe es que habrá momentos en los que ese dragón despertará y no siempre podrá controlarlo.
Lo que aún no sabe es que no es ella quien se está tatuando un dragón en la espalda, sino que es el dragón el que ha encontrado un cuerpo sobre el que poder vivir. 

Eloy Moreno

martes, 27 de septiembre de 2016

Fragmento 3º (la niebla y la doncella - Serie Bevilacqua y Chamorro III )

"Está muy claro. Siempre hay hijos de papá que se ponen a hacer la revolución, y que al final, no sé cómo, acaban dirigiéndola. Como son más instruidos, como tienen en los genes la costumbre de mandar, los pringados se fían de ellos y les ceden el timón. Pero los hijos de papá no hacen la revolución por necesidad, sino por pasatiempo, por afán aventurero o para tocarle las pelotas al viejo. Y al final, con ellos a la cabeza, la revolución se va al garete. Porque los hijos de papá listos, cuando se les cura el acné juvenil, siempre vuelven al redil y acaban en su sitio, jugando al golf con sus pares y trabajando de consejero delegado. Y la revolución la cuentan como una batallita, o lo que es peor, la sostienen sólo de boquilla, mientras la traicionan a cada minuto. Son los hijos de papá tontos los que se empeñan en continuar la revolución, junto a los pobres que les siguen; un equipo que sólo puede llegar a donde al final llegan todas las revoluciones: a ninguna parte"

(Lorenzo Silva)