viernes, 20 de febrero de 2009

Groucho y yo

En primer lugar quiero agradecer a "El caminante" el haberme prestado y recomendado el libro.
Ahora me toca a mí el turno de recomendarlo, es sencillamente genial, tal y como era Groucho.
Pretende ser una autobiografía, pero a diferencia de la tónica general que se da en este tipo de libros derrocha humor en cada página.
Nos cuenta, por ejemplo, cómo fueron sus comienzos en el mundo del espectáculo, la desastrosa vida laboral de su padre, cómo le afectó personalmente el desastre económico de 1929 (y tanto que le afectó) y muchas anécdotas de su vida.
Una que me hizo reír a carcajadas fue la del día de pesca en la que casi es devorado por un oso (evidentemente exageraba) y el capítulo que dedica a las meteduras de pata.
No obstante si me tengo que quedar con algo es, sin duda, con el final (casi se me escapa una lágrima de la emoción), y no, no pienso desvelarlo, tendréis que leer el libro.
Ya me contaréis.

viernes, 23 de enero de 2009

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero


Esta semana he leído "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero".
Su autor es Oliver Sacks, un importante neurólogo londinense. En este libro relata casos clínicos de algunos de sus pacientes afectados por enfermedades neurológicas, todo un apasionante mundo en el que queda mucho terreno por descubrir.
Los casos que más me impactaron y emocionaron fueron:
- El hombre que confundió a su mujer con un sombrero: relata la historia de un Profesor de música que padece una severa agnosia visual siendo incapaz de reconocer incluso a sus familiares y los objetos cotidianos si no ofrecen alguna pista, algún rasgo verdaderamente característico, pero con un impresionante talento musical, llegando a hacer de la música una de sus herramientas para reconocer la realidad y moverse en el mundo que le rodea.
- La dama desencarnada: que relata la historia de una joven que un día, de repente, perdió la sensación de cuerpo, se sentía como ella misma decía "desencarnada", como si su cuerpo fuera ciego y sordo a sí mismo, había perdido, a fin de cuentas la propiocepción. Tuvo que enfrentarse a esta nueva situación trágica con una valentía y una fuerza de voluntad abrumadoras, y aprender a controlar su cuerpo a través de la vista. No podía saber si estaba sentada o tumbada porque su cuerpo era incapaz de indicar la posición en la que se encontraba, pero si se miraba era capaz de corregir la postura, mantenerse erguida e incluso llevar una vida semi-normal.
- Los gemelos: nos explica la historia de dos gemelos autistas con un impresionante don para los números. Eran incapaces de realizar operaciones sencillas como una suma o una resta, pero se comunicaban entre sí empleando números primos de hasta 20 dígitos, y estos números no sólo suponían un medio de comunicación, sino que proporcionaban un sentido a sus vidas. Cuando alguien les preguntaba "cómo lo hacían" decían que ellos, simplemente, veían esos números, los veían en su cabeza como si de un paisaje se tratara.
- El artista autista: Es una historia ciertamente triste que da mucho que pensar pero a la vez fascinante. Trata de un niño que hasta los 8 años había sido normal, pero a esta edad comenzó a tener violentos ataques epilépticos y se volvió autista. No empleaba las palabras, ni siquiera podíamos saber si las comprendía, pero tenía un don espectacular: el dibujo, y se comunicaba a través de él.

La traducción me decepcionó un poco, aunque no puedo afirmar si la culpa es del traductor o del editor, lo cierto es que algunas partes se hacían incomprensibles porque los signos de puntuación se utilizaban incorrectamente y algunas partes estaban redactadas de un modo extraño, pero por lo demás es un libro que recomiendo a todo aquel interesado en la neurología, ya que enfoca todos estos casos desde un punto de vista personal y sentimental, dándole un nuevo sentido a esta ciencia.

sábado, 17 de enero de 2009

La luz fantástica (II)

He aqui otro desternillante fragmento del libro:

¡Ankh-Morpork!
¡Perla de las ciudades!
Ésta no es una descripción completamente precisa, desde luego (no era redonda ni brillante), pero hasta sus peores enemigos concedían que, si había que comparar Ankh-Morpork con algo, bien podía ser con un granito de arena cubierto por las secreciones enfermizas de un molusco.
Ha habido ciudades más grandes. Ha habido ciudades más ricas. Desde luego, ha habido ciudades más bonitas. Pero ninguna ciudad del Multiverso podía rivalizar con los olores de Ankh-Morpork.
Los Antiguos, que lo sabían todo acerca de los universos y habían olido ciudades como Calcuta, ¡Xrc-! y Puertomarte, concedían que hasta estos magníficos ejemplos de poesía nasal son simples pareados comparados con la gloria del olor de Ankh-Morpork.
Se pueden mencionar las coliflores. Se puede mencionar el ajo. Se puede mencionar Francia. Adelante. Pero si no se ha olido Ankh-Morpork en un día caluroso, no se ha olido nada.
Sus ciudadanos se enorgullecen de ello. Cuando hace buen tiempo, sacan sillas a la calle para disfrutar del olor. Se llenan las mejillas, se palmean el pecho y comentan alegremente los pequeños matices. Hasta han erigido una estatua en su honor para conmemorar la noche en que los soldados de un estado rival trataron de invadirla sigilosamente y sólo consiguieron llegar hasta la cima de las murallas antes de que, para su horror, los tapones de las narices se les rindieran sin condiciones. Los mercaderes ricos que debían pasar muchos años en el extranjero se hacían enviar botellas selladas conteniendo el aroma, que les llenaban los ojos de lágrimas.
Ése era el efecto que tenía.

martes, 13 de enero de 2009

La luz fantástica


Actualmente me encuentro leyendo "La luz fantástica" de Terry Pratchett, segunda entrega de la saga del Mundo Disco, saga que recomiendo a cualquier lector que tenga la sana intención de troncharse de risa.


"Suspiró. De repente, le parecía que aquella profesión de secretaria no habría estado tan mal.
Reflexionó, y no por primera vez, en que ser espadachina tenía muchos inconvenientes, quizá uno de los peores el hecho de que los hombres no te tomaban en serio hasta que los matabas, momento en el cual la cosa ya no tenía demasiada importancia.
Luego estaba todo el asunto del cuero, que le daba dentera pero parecía parte inseparable de la tradición. Y la cerveza. Eso de pasarse toda la noche acodado en la barra no estaba mal para gente como Hrun el Bárbaro o Cimbar el Asesino, pero Herrena se negaba a entrar en uno de esos lugares a menos que sirvieran bebidas adecuadas en vasos pequeños, preferentemente con una aceituna dentro. Y en cuando a los retretes...
Pero ella era demasiado genial para ser ladrona, demasiado importante para ser asesina, demasiado inteligente para ser esposa, y desde luego demasiado orgullosa para ejercer la única profesión restante disponible para una mujer.
Así que se hizo espadachina, y lo había hecho muy bien, llegando a amasar una pequeña fortuna, que administraba cuidadosamente para un futuro que no tenía todavía muy pensado, pero que desde luego incluía un bidet."

martes, 30 de diciembre de 2008

II

"Pero los corazones de los niños son unos órganos delicados. Una entrada dura en la vida puede dejarles deformados de mil extrañas maneras. El corazón herido de un niño se encoge a veces de tal forma que se queda ya para siempre duro y áspero como el hueso de un melocotón. O, al contrario, es un corazón que se ulcera y se hincha hasta volverse una carga penosa dentro del cuerpo, y cualquier roce lo oprime y lo hiere."

(Carson McCullers "La balada del café triste")

I

La persona más mediocre puede ser objeto de un amor arrebatado, extravagante y bello como los lirios venenosos de las ciénagas. Un hombre bueno puede despertar una pasión violenta y baja, y en algún corazón pueden nacer un cariño tierno y sencillo hacia un loco furioso. Es sólo el amante quien determina la valía y cualidad de todo amor.
Por esta razón, la mayoría preferimos amar a ser amados. Casi todas las personas quieren ser amantes. Y la verdad es que, en el fondo, el convertirse en amados resulta algo intolerable para muchos. El amado teme y odia al amante, y con razón; pues el amante está siempre queriendo desnudar a su amado. El amante fuerza la relación con el amado, aunque esa experiencia no le cause más que dolor.

(Carson McCullers "La balada del café triste")

sábado, 12 de enero de 2008

Fahrenheit 451


Cuando era niño, mi abuelo murió. Era escultor. También era un hombre muy bueno, tenía mucho amor que dar al mundo, y ayudó a eliminar la miseria en nuestra ciudad; y construía juguetes para nosotros, y se dedicó a mil actividades durante su vida; siempre tenía las manos ocupadas.
Y cuando murió, de pronto me di cuenta de que no lloraba por él, sino por las cosas que hacía.
Lloraba porque nunca más volvería a hacerlas, nunca más volvería a labrar otro pedazo de madera y no nos ayudaría a criar pichones en el patio, ni tocaría el violín como él sabía hacerlo, ni nos contaría chistes.
Formaba parte de nosotros, y cuando murió, todas las actividades se interrumpieron, y nadie era capaz de hacerlas como él.
Era individualista. Era un hombre importante. Nunca me he sobrepuesto a su muerte.
A menudo pienso en las tallas maravillosas que nunca han cobrado forma a causa de su muerte. Cuántos chistes faltan al mundo, y cuántos pichones no han sido tocados por sus manos. Configuró el mundo, hizo cosas en su beneficio.
La noche en que falleció, el mundo sufrió una pérdida de diez millones de buenas acciones.

(Ray Bradbury)

viernes, 5 de octubre de 2007

Qué la poesía y no la prosa?

Entro a una pequeña tienda de libros, casi íntima. Dentro hay sólo una mujer que parece ancianísima, enroscada sobre si misma, con unos lentes muy gruesos atados con una cadenita que rodea su cuello. Todo en ella me parece utilitario, como destinado a lo que hace: Leer. Parece que estuviera desde tiempos inmemoriales ahí sentada, que viviera en su pequeña librería, que se vistiera con ropa cómoda para sentarse a leer y que fuera aprobando cada libro que ingresa a los anaqueles que la rodean por todas partes, llenos de tomos ordenados por editoriales, por autores, por temas o completamente desordenados como se merece la literatura miscelánea: Libros, libros, libros, parece que ahí tendría que estar toda la literatura universal. Parece crecer desde su lectura, brotar en su entorno.

Unas suaves campanitas, casi mágicas, casi silenciosas tintinean mi llegada. La ancianita levanta la vista, me mira, se quita los lentes y sonríe. "¡Hola!" me dice con alegría y produce el efecto mágico que hace fascinante a la literatura: Sus ojos claros, son tan vivos que la rejuvenecen hasta la inquietud. La alegre sonrisa la hace atractiva y parece invitar a sentarse a conversar para siempre. "¿Tiene algo del poeta Gutiérrez Nájera?" le pregunto. Sus ojos se entrecierran casi imperceptiblemente y su sonrisa sueña con ellos. Recita:

«¡Oh, qué dulce canción! Límpida brota
Esparciendo sus blandas armonías,
Y parece que lleva en cada nota
¡Muchas tristezas y ternuras mías!»


"Es de la Serenata de Schubert" me explica y con una pausa triste continúa: "No. Nada. Las editoriales no editan a los poetas y menos si son antiguos. Quizás sea que si la poesía se vendiera dejara de ser arte"; concluye como invitando a conversar. También sonrío para iniciar una larga divagación sobre poesía y prosa con ella. Es raro, le comento, que siendo así, si se congrega a un grupo de gente interesada en producir literatura, éste se consolida en torno a los poetas y no a los prosistas. Unos pocos aventuran cuentos breves, algún aventurero raro un relato o una novela y el mayoritario resto hace poesía. "Es más fácil hacer poesía" comenta sonriendo como si le divirtiera que no haya comprendido yo aún, algo tan obvio. La contradigo incluso con maldad: "¡Ah! No, no, no. No es así en modo alguno. Relatar un encuentro como este, darle un toque atractivo, en fin, sazonarlo con algo, una frase, una sonrisa, es sencillo. De ahí a hacer una poesía de lo mismo hay un espacio sideral".

"Vieja y por vieja
sabia, como el demonio
sentada en su escritorio
teje poesía y conjuros
silenciosos.
No son verdades
ni son mentiras
las que le traen.
Opiniones, opiniones,
opiniones que tiñen
los ojos de alegría
y de amor los corazones"


Responde con fluidez, así como antes recitara a Gutiérrez Nájera, como si su memoria sutil fuera infinita y en sus anaqueles estuvieran asequibles todos los poemas necesarios para cada instante. "¿Y esa, de quién es?" la inquiero. Niega con su cabecita de peinado gris y desordenado que ofrece más encanto que el más hermoso de los arreglos jóvenes. "De nadie" dice, "Es fácil hacer poesía" concluye, y remata: "Es tan breve". Nos sumergimos en una disquisición larga, larga sobre el tema. Sostiene que cualquiera puede hacer poesía o prosa por igual, pero la poesía es breve y tiene relaciones tan sencillas y abstractas como el lenguaje cotidiano, mientras que la prosa, en cualquier género debe tener una estructura, una argumentación. Necesita un exordio motivante, un desarrollo de ideas o personajes si es un relato o novela y debe conducir el pensamiento del lector según el deseo del escritor. "Todo eso" asegura, desincentiva hasta a los más audaces. Sólo unos pocos son tan locos". Trato de argumentar en contra de eso: Aseguro que la poesía ha de ser tan bella y abstracta y condensar tanto sentimiento, tanta razón en tan pocas palabras, que se requiere una síntesis intelectual superior para hacerla. "No así en la prosa" le digo. En prosa tengo todo el espacio del mundo para argumentar, describir, pincelar, detallar, atraer sustraer, encantar y nadie me ataja con las formas: Todo recurso es válido en prosa, mientras en poesía no.

Discutimos y argumentamos, yo cada vez con más esfuerzo, ella cada vez más sonriente como un hada que flota en los conceptos. Yo cada vez más arrinconado en mis argumentos, ella cada vez más maternal, como esas madres que con paciencia le enseñaban en aquel tiempo a leer y escribir a sus hijos, abriendo ante ellos toda la magia de las ideas guardadas en papel amarillo para siempre. Me convence. Me convence que una misma persona puede ser tan inútil o virtuosa en ambos territorios y si lo hace, su prosa puede ser pésima y lo mismo su poesía, y sin embargo llegado el momento de hacer, hará poesía porque entre mala prosa y mala poesía es más fácil hacer mala poesía: Cualquiera hace poesía y de hecho todos hemos hecho poesía alguna vez. Tal vez lo hayamos hecho en el silencio de un viaje en tren, en la exaltación del amor, en el paisaje vibrante de una geografía nueva, pero alguna vez hemos hecho poesía, aun cuando no la hayamos escrito. El poeta talentoso o el artista innato también hace poesía más fácilmente que prosa. La poesía es inmediata, es un toque un bocadito y por eso hay cientos de poetas de bocaditos. La prosa es más que un bocado, en cualquier caso, ya sea buena o mala. Hay que planificar, cimentar estructuras, poner en ella las piezas como quien hace un juego en ajedrez, y eso es trabajoso, mucho más que un bocadito.

"¿Por qué no hablamos de verdaderos poetas y verdaderos escritores?" me dice de repente, arrugando el ceño. Me encojo de hombros sorprendido. "¡Hagámoslo!" le digo, no sin cierto temor, ya que no soy un experto en aquello. Nunca me ha interesado saber de escritores o de poetas, o jamás he sentido el deber de leer el Ulises de Joyce, o conocer el pensamiento poético de Shakespeare, tampoco distingo a Garcilaso de Lope de Vega. Mi erudición es más bien pequeña. Más: Mis gustos son harto clásicos e instintivos. "Elige un verdadero poeta, a tu gusto" me dice. Me río nervioso y temo que mi elección me delate como entendido en lugares comunes. Para disimular un poco digo: "¡Qué raro llamarse Federico!, entre los juncos y la baja tarde". "¡Bah!" responde, "Creí que me la pondrías difícil. Selecciona un poema de García Lorca". Elijo y recito uno que siempre me ha sorprendido por sus figuras:

«Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene,
por un anfibio sendero
de cristales y laureles.
El silencio sin estrellas,
huyendo del sonsonete,
cae donde el mar bate y canta
su noche llena de peces.»


"¿Te das cuenta?" más afirma que pregunta. Me asegura que cualquiera que hubiera elegido del Romancero Gitano o de cualquier obra de García Lorca nunca contiene música suelta como los poemas breves de los breves poetas que son más en número que los escritores. Preciosa y el aire es un poema redondo como los limones que Antoñito el Camborio fue arrojando al agua. Hay en él un relato: Preciosa viene tocando su pandero y encuentra a un agresor, o cree encontrarlo en el sonido del viento que la persigue:

«Niña deja que levante
tu vestido para verte.
Abre en mis dedos antiguos
la rosa azul de tu vientre.»


Ella huye y se refugia en la casa del cónsul inglés. Ahí la tranquilizan con leche y ginebra que ella rechaza, mientras llorando relata su experiencia.

«Y mientras cuenta, llorando,
su aventura a aquella gente,
en las tejas de pizarra
el viento, furioso, muerde.»


El verdadero poeta no hace poesía inútil: Tiene algo que contar y lo hace en poesía. No es una pobre idea suelta de esos poetas numerosos que dicen de pronto tres versos:

¡Ay! madre qué enamorado estoy
en esta playa verde
sin piedras ni caracoles.


No son más que un recurso perdido, como la pepita de oro del viejo gambusino. La poesía verdadera, esa que nunca olvidamos, pesa en versos y en relato: Dibuja a Antonio Torres Heredia y lo pone camino de Sevilla a ver los toros. Es detenido con abuso, con injusticia por ser gitano y encerrado en un calabozo. Sus primos, los hijos de Benamejí lo interceptan y lo agreden porque se dejó detener por la guardia civil:

«Antonio, ¿quien eres tú?
Si te llamaras Camborio,
hubieras hecho una fuente
de sangre con cinco chorros.
Ni tú eres hijo de nadie,
ni legítimo Camborio.»


Así es la poesía. Hacer un poema sí es más difícil que relatar la misma prosa, pero estamos hablando, ahora, de poetas verdaderos y escritores. Leer historias vacías, que son no más que anécdotas de sobremesa, pueden convencer un tiempo, pero luego hastían. Es por eso que son pocos los escritores que llegan a asentarse en las estanterías, pero como la prosa es más fácil en este caso que la poesía, también se lee más y da más negocio. La poesía vacía es más fácil que parezca estar llena, pero también al meter la mano y hallarla sin nada, aburre de inmediato. Es así que dos o tres artilugios que relucen como poesía atraen al aficionado y lo hacen sentirse poeta. Sería necesario incentivar a los que se ven talentosos, en esa afición, a construir obras más macizas, de buena envergadura que se pueda llamar poemario que pese como una obra y no como boleto de carro. El tema no importa. García Lorca monta una obra sobre su visión de Nueva York, Neruda sobre Machu Picchu y actual o romántico, no importa, así como Béquer monta sus rimas sobre un amor imaginario, Jorge Manríquez escribe las coplas a su padre muerto y Zorrilla a un burlador de mujeres háganlo al tráfico o a los niños asesinados, a la muerte del bosque o al embrujo de unos ojos antiguos. Que sea mucho más que:

Viejos ojos verdes
cuando los miro me enamoro
si eres mía se encienden
y cuando me los quitas
lloro.


o bien:

«Entre sus brazos vivo.
Entre sus brazos duros quise morir
como un ave mojada.»


(Nancy Morejón)

Quizás muchos mueran en el intento y algunos otros lleguen a preferir la prosa que también desata llanto y risas, magia y embrujos al trenzar apropiadamente las palabras, las ideas y los sentimientos, o maravillen con la razón y el entendimiento.


(Kepa Uriberri)