viernes, 8 de enero de 2021

Kafka en la orilla (fragmento)

 -Pero, tal como puedes ver, también soy un ser humano y también me he sentido discriminado en diversas ocasiones -explica Ôshima-. Y sólo una persona que haya sido discriminada sabe lo que eso representa y lo profundamente que hiere. La herida es diferente en cada persona y en cada persona deja una huella distinta. Así que a mí nadie me gana en lo que se refiere a pedir justicia o equidad. Sólo que ya estoy más que harto de la gente sin imaginación. De ese tipo de gente que T. S. Elliot llama "hombres huecos". Personas que suplen su falta de imaginación, esa parte vacía, con filfa insensible y que van por el mundo sin percatarse de ello. Personas que intentan imponer a la fuerza a los demás esa insensibilidad soltando, una tras otra, palabras huecas. Personas, en definitiva, como esa pareja de antes. -Ôshima suspira y hace girar entre sus dedos el largo lápiz-. Sean gays, lesbianas, heterosexuales, feministas, cerdos fascistas, comunistas, Hare Krishnas. A mí tanto me da. A mí no me importa la bandera que enarbolen. Lo que yo no puedo soportar es a esos tipos huecos. Y cuando se me pone uno delante no me puedo aguantar. Acabo soltando más cosas de la cuenta. Antes, por ejemplo, hubiera podido dejar que hablasen. O llamar a la señora Saeki y permitir que ella se encargara del asunto. Ella lo hubiera solucionado con cuatro sonrisas. Pero yo soy incapaz de hacerlo. Acabo diciendo cosas que no debería decir, haciendo cosas que no debería hacer. No puedo controlarme. Ése es mi punto débil. ¿Y sabes por qué?
- ¿Porque si te tomaras en serio a cada una de las personas sin imaginación que se te pusieran delante no darías abasto?- pregunto.

- Exacto -dice Ôshima. Y con la goma del lápiz se aprieta suavemente la sien-. En realidad, es eso. Pero quiero que recuerdes una cosa, Kafka Tamura. Y es que los que mataron al novio de adolescencia de la señora Saeki no fueron otros que esa clase de sujetos. Sujetos estrechos de miras, intolerantes y sin imaginación. Tesis desconectadas de la realidad, terminología vacía, ideales usurpados, sistemas inflexibles. Son esas cosas las que a mí, realmente, me dan miedo. Son estas cosas las que yo temo y odio con todo mi corazón. Es importante saber qué es correcto y qué no lo es, por supuesto. Sin embargo, los errores de juicio personales pueden corregirse en la mayoría de los casos. Si uno tiene la valentía de reconocer su error, las cosas, generalmente, se pueden arreglar. Pero la estrechez de miras y la intolerancia de la gente sin imaginación son igual que parásitos. Provocan cambios en el cuerpo que les acoge y, mudando de forma, se reproducen hasta el infinito. Y eso no hay manera de detenerlo. Y yo, semejantes sujetos, no quiero que entren aquí. -Ôshima señala las estanterías con la punta del lápiz. Se refería, por supuesto, a la totalidad de la biblioteca-. Yo no puedo tomarme a risa a gente como ésa. 


(Haruki Murakami)

jueves, 10 de septiembre de 2020

Kafka en la orilla (la tormenta de arena)

 A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta...


... Y tú en verdad la atravesarás, claro está. La violenta tormenta de arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará la carne cruelmente como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás.
Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena. 


Haruki Murakami 

martes, 8 de septiembre de 2020

Cometas en el cielo (fragmento)




“—Dijo: «Tengo mucho miedo». Y yo le pregunté: «¿Por qué?», y ella respondió: «Porque soy profundamente feliz, doctor Rasul. Una felicidad así asusta». Le pregunté por qué y dijo: «Sólo te permiten ser así de feliz cuando están preparándose para llevarse algo de ti”

Khaled Hosseini


jueves, 27 de agosto de 2020

Un grito de amor desde el centro del mundo (fragmento IV)

 Media hora después, los padres de Aki salieron de la habitación. Su madre, presionándose el pañuelo contra los ojos, me dijo con voz lacrimosa:

-Ve con ella.

Siguiendo las indicaciones de la enfermera, me puse ropa aséptica, el gorro, los guantes. Aki estaba en una habitación aislada. Llevaba la aguja de la instilación en un brazo y la máscara de oxígeno. Cuando le tomé la mano libre, abrió los ojos en silencio. Estábamos solos en la habitación.

-Tenemos que despedirnos -dijo ella-. Pero no estés triste.

Sacudí la cabeza con desmayo. 

-Dejando aparte que mi cuerpo ya no estará aquí, no hay por qué estar triste -prosiguió tras hacer una pausa-. Y sí, ¿sabes? me da la sensación de que el paraíso sí existe. Empiezo a sentirme como si esto ya lo fuera.

-Vendré enseguida- logré decirle, al fin.

-Te espero -Aki esbozó una sonrisa fugaz-. No hace falta que te des prisa. Aunque no esté aquí, yo siempre estaré contigo.

-Ya lo sé.

-Encuéntrame otra vez, ¿vale?

-Te encontraré enseguida. 




viernes, 21 de agosto de 2020

Un grito de amor desde el centro del mundo (fragmento III)

 De pronto, tuve una horrible certeza. Por más tiempo que viviera, jamás podría esperar una felicidad mayor que la que sentía en aquel momento. Lo único que podía hacer era intentar conservarla para siempre. Me horrorizó la felicidad que sentía. Si la porción de dicha que corresponde a cada uno estaba fijada de antemano, en aquellos instantes quizá estuviera agotando la parte que a mí me correspondía para mi vida entera, y, algún día, los mensajeros de la luna me arrebatarían a mi princesa. Entonces sólo me quedaría un tiempo tan largo como la vida eterna. 

De pronto, me di cuenta de que Aki me estaba mirando. ¿Tan seria era mi expresión? Porque la sonrisa que ella esbozaba se borró súbitamente de su rostro. 

-¿Qué te pasa?

Negué con un forzado movimiento de cabeza.

-Nada.

Después de clase, todos los días regresábamos juntos a casa. Recorríamos el camino de vuelta tan despacio como nos era posible. A veces, para disponer de más tiempo, dábamos un rodeo. Con todo, en un santiamén llegábamos a la bifurcación donde teníamos que separarnos. Era extraño. Aquel camino, cuando lo recorría solo, me parecía largo y aburrido, pero cuando iba con Aki, charlando, hubiera querido seguir andando eternamente. Ni siquiera notaba el peso de la cartera atiborrada de libros de texto y diccionarios.

<<Posiblemente, en la vida nos ocurra lo mismo>>, pensé unos años más tarde. <<Una vida solitaria se hace larga y tediosa. Sin embargo, cuando la compartes con la persona amada, en un santiamén llegas a la bifurcación donde tienes que decirle adiós>>. 

jueves, 20 de agosto de 2020

Un grito de amor desde el centro del mundo (fragmento)

A mí me parecía una ciudad maldita. Todo estaba igual que cuatro meses atrás. Durante aquellos cuatro meses, una estación había sucedido a otra estación y, en Australia, la primavera incipiente había dado paso al pleno verano. Pero nada más. Sólo eso.

Íbamos a pasar la noche en el hotel y a regresar en el vuelo de la mañana siguiente. La diferencia horaria con Japón es muy pequeña, de modo que, desde nuestra salida, el tiempo había transcurrido tal cual. Después de cenar, me tendí en la cama y me quedé absorto con la mirada clavada en el techo. Y me dije a mí mismo: "Aki no está".

Tampoco estaba cuatro meses atrás. La dejamos en Japón cuando vinimos de viaje de estudios, los de la clase de bachillerato. Desde una ciudad japonesa cerca de Australia hasta una ciudad australiana cerca de Japón. En una ruta así, no hay que hacer escala a medio camino para repostar combustible. Por esa curiosa razón aquella ciudad había entrado en mi vida. La había encontrado hermosa. Todo cuanto veía me parecía diferente, exótico, fresco. Aki existía. Aki lo estaba viendo a través de mis ojos. Pero ahora, vea lo que vea, no siento nada. ¿Qué diablos debería mirar yo aquí?

Eso es porque Aki se ha ido. Porque la he perdido. Ya no hay nada que desee ver. Ni en Australia, ni en Alaska, ni en el Mediterráneo, ni en la Antártida. En este mundo, vaya a dónde vaya, siempre me sucederá lo mismo. Por más maravilloso que sea el paisaje que tenga ante los ojos, nunca me emocionaré; la más hermosa de las vistas no me gustará. Ha desaparecido la persona que me hacía desear ver, saber y sentir..., incluso vivir. Ella ya no volverá a estar jamás a mi lado.

Sólo cuatro meses. Sucedió en el tiempo en que una estación da paso a la otra. Una chica se fue sin más de este mundo. Un hecho insignificante, sin duda, si a ella la consideras uno entre seis mil millones de seres humanos. Pero yo no estoy con esos seis mil millones. A mí, una sola muerte me ha despojado de todas mis emociones. Aquí es donde estoy yo. Donde me encuentro sin ver nada, sin oír nada, sin sentir nada. Pero ¿estoy aquí realmente? Y si no, ¿dónde estoy entonces?

Un grito de amor desde el centro del mundo (fragmento)

 "Poco después de que despegara el avión, me dormí. Y tuve un sueño. Soñé con Aki, cuando todavía estaba bien. En el sueño, ella me sonreía. Con su sonrisa de siempre, un poco cohibida. <<¡Sakuchan!>>, me llamaba. Su voz permanece claramente en mis oídos. <<¡Ojalá el sueño fuera realidad y la realidad fuese un sueño!>>, pienso. Pero es imposible. Por eso, al despertarme, siempre estoy llorando. No es porque esté triste. Es que, cuando regreso a la realidad desde un sueño feliz, me topo con una fisura que me es imposible franquear sin verter lágrimas. Y eso, por más veces que me ocurra, siempre es así."

sábado, 14 de marzo de 2020

Inicio de "Algo flota sobre el agua"



La tarde otoñal, tempranamente obscurecida, cubría el enorme río... Llamaban al Ángelus desde la torre de los minoritas. Las campanadas se perdían en el viento. Era el año de gracia de... hacia fines de noviembre. El viento se hacía más y más fuerte. Parecía arrastrar consigo la obscuridad desde el pueblo.
Más allá del gran río, en la ribera opuesta, donde el viejo bosque de encinas aun destacaba su negrura contra el dorado y pardo crepúsculo, manos invisibles asediaban una poderosa encina. 
Los hachazos caían sordamente sobre el agua que los devolvía, yendo a retumbar, huecos, contra la despedazada orilla. Después se oyó cómo la enorme encina se desplomaba con un terrible suspiro. En su caída crujió durante largo tiempo, mientras los leñadores gritaban confusamente. 
Aquí, a este lado, parecía como si el potente río, en su ciega furia, hubiera desgarrado la alta y abismal orilla. Raíces de decrépitos sauces pendían de la rasgada ribera, raíces sinuosas y gruesas como las tripas de un cuerpo despanzurrado. Más allá, un álamo partido mostraba sus blancos huesos. La orilla, al internarse en el agua, parecía un gigantesco y deforme ciervo, de frente de roca y cuernos de sauce, metido hasta las rodillas en el agua, refrescando sus horribles heridas. Porque la última crecida la había destrozado ignominiosamente. Las olas habían penetrado en sus carnes vivas cual las garras de un león enfurecido:
Saúcos, espinacas, artemisas, espinas, lampazos y demás malezas, con sus hojas enrojecidas en su marchitez otoñal, parecían grandes manchas de sangre seca. Aún de día era difícil ver a través del gigantesco río. Ahora, en la otra orilla, los contornos del gran bosque se deshacían, poco a poco, en la obscuridad. Sólo el río, mientras domado en apariencia se revolvía en su lecho, llevaba en su espuma una tenue luz cobriza. 

Lajos Zilahy