jueves, 29 de abril de 2021

Paula (Fragmento III)

Para siempre... ¿Qué es eso, Paula? He perdido la medida del tiempo en este edificio blanco donde reina el eco y nunca es de noche. Se han esfumado las fronteras de la realidad, la vida es un laberinto de espejos encontrados y de imágenes torcidas. Hace un mes, a esta misma hora, yo era otra mujer. Hay una fotografía mía de entonces, estoy en la fiesta de presentación de mi reciente novela en España, con un vestido escotado color berenjena, collar y pulseras de plata, las uñas largas y la sonrisa confiada, un siglo más joven que ahora. No reconozco a esa mujer, en cuatro semanas el dolor me ha transformado. Mientras explicaba desde un micrófono las circunstancias que me llevaron a escribir el plan infinito, mi agente se abrió paso en el gentío para soplarme al oído que tú habías ingresado al hospital. Tuve el presentimiento feroz de que una desgracia fundamental nos había desviado las vidas. 

(Isabel Allende) 

lunes, 12 de abril de 2021

Paula (Fragmento II)

Llevas un mes dormida, no sé cómo alcanzarte, te llamo y te llamo, pero tu nombre se pierde en los vericuetos de este hospital. Tengo el alma sofocada de arena, la tristeza es un desierto estéril. No sé rezar, no logro hilar dos pensamientos, menos podría sumergirme en la creación de otro libro. Me vuelco en estas páginas en un intento irracional de vencer mi terror, se me ocurre que si doy forma a esta devastación, podré ayudarte y ayudarme, el meticuloso ejercicio de la escritura puede ser nuestra salvación. Hace once años escribí una carta a mi abuelo para despedirlo en la muerte, este 8 de enero de 1992 te escribo, Paula, para traerte de vuelta a la vida. 

(Isabel Allende)

Paula (Fragmento)

Sentada a tu lado observando en una pantalla las líneas luminosas que señalan los latidos de tu corazón, trato de comunicarme contigo con los métodos mágicos de mi abuela. Si ella estuviera aquí podría llevarte mis mensajes y ayudarme a sujetarte en este mundo. Has emprendido un extraño viaje por los médanos de la inconsciencia. ¿Para qué tanta palabra si no puedes oírme?
¿Para qué estas páginas que tal vez nunca leas? Mi vida se hace al contarla y mi memoria se fija con la escritura; lo que no pongo en palabras sobre papel, lo borra el tiempo. 

(Isabel Allende)

martes, 16 de febrero de 2021

Cristal (fragmento)

 Estoy segura de que el noventa por ciento del tiempo no percibo las cosas que me rodean. Ni siquiera noto que ya no las noto, a no ser que haga una pausa y piense de veras en ello, como estoy haciendo ahora. "Edna dejó poco a poco de percibir que una película de insignificancia y aburrimiento había cubierto las cosas del mundo" es como podría describirlo. Me gustaría afirmar que este embotamiento, esta incapacidad para darme cuenta, son mero producto de la familiaridad y la costumbre, pero me temo que en realidad se deban a que estoy cansada de mirar. "Lleva muchísimo tiempo mirando el mundo, y se ha cansado." 

 

lunes, 8 de febrero de 2021

Fragmento "Cristal"

 Solíamos leernos en voz alta. Ir a librerías, hablar de libros y leernos en voz alta eran las cosas que más hacíamos juntos al principio. Nos turnábamos por capítulos; y cuando había largos pasajes dialogados o cuando leíamos obras de teatro, nos turnábamos con las voces. Leíamos casi siempre en la cama, pero también, sobre todo durante el período inicial, nos leíamos sentados uno frente al otro en sendos sillones, o juntos en un sofá, o en un banco del parque, o en un tren hacia o desde el oeste. No sé por qué dejamos de leer juntos, pero fuimos dejando de hacerlo con regularidad, y luego, sin percatarnos de lo que ocurría, nos encontramos leyendo libros distintos, y dejamos de interesarnos en lo que podía estar leyendo el otro, porque no era el libro que estábamos leyendo y nos aburríamos y nos distraíamos cuando el otro hablaba de su libro. Lo que hacíamos -leer libros distintos- era amueblar habitaciones distintas, construir mundos separados, casi, en los que poder estar y ser nosotros mismos otra vez. Claro está: en estas habitaciones estábamos cada uno a solas, y gradualmente fuimos pasando cada vez más tiempo en ellas y cada vez menos en la casa donde vivíamos juntos. Cuando Clarence se marchó, no creo que me quedara más sola de lo que ya estaba al final, viviendo él todavía en casa. Si hoy abriera la puerta y por algún milagro me lo encontrara sentado en el descansillo, sería, claro, una considerable sorpresa, por no decir que sería un auténtico milagro, dadas las circunstancias, pero, dejando de lado este aspecto de la cuestión, no cambiaría nada: estaría sentado en el descansillo leyendo algo que no me interesara, supongo, de modo que ni siquiera intentaríamos hablar del asunto. ¿De qué hablaríamos? 

viernes, 8 de enero de 2021

Kafka en la orilla (fragmento)

 -Pero, tal como puedes ver, también soy un ser humano y también me he sentido discriminado en diversas ocasiones -explica Ôshima-. Y sólo una persona que haya sido discriminada sabe lo que eso representa y lo profundamente que hiere. La herida es diferente en cada persona y en cada persona deja una huella distinta. Así que a mí nadie me gana en lo que se refiere a pedir justicia o equidad. Sólo que ya estoy más que harto de la gente sin imaginación. De ese tipo de gente que T. S. Elliot llama "hombres huecos". Personas que suplen su falta de imaginación, esa parte vacía, con filfa insensible y que van por el mundo sin percatarse de ello. Personas que intentan imponer a la fuerza a los demás esa insensibilidad soltando, una tras otra, palabras huecas. Personas, en definitiva, como esa pareja de antes. -Ôshima suspira y hace girar entre sus dedos el largo lápiz-. Sean gays, lesbianas, heterosexuales, feministas, cerdos fascistas, comunistas, Hare Krishnas. A mí tanto me da. A mí no me importa la bandera que enarbolen. Lo que yo no puedo soportar es a esos tipos huecos. Y cuando se me pone uno delante no me puedo aguantar. Acabo soltando más cosas de la cuenta. Antes, por ejemplo, hubiera podido dejar que hablasen. O llamar a la señora Saeki y permitir que ella se encargara del asunto. Ella lo hubiera solucionado con cuatro sonrisas. Pero yo soy incapaz de hacerlo. Acabo diciendo cosas que no debería decir, haciendo cosas que no debería hacer. No puedo controlarme. Ése es mi punto débil. ¿Y sabes por qué?
- ¿Porque si te tomaras en serio a cada una de las personas sin imaginación que se te pusieran delante no darías abasto?- pregunto.

- Exacto -dice Ôshima. Y con la goma del lápiz se aprieta suavemente la sien-. En realidad, es eso. Pero quiero que recuerdes una cosa, Kafka Tamura. Y es que los que mataron al novio de adolescencia de la señora Saeki no fueron otros que esa clase de sujetos. Sujetos estrechos de miras, intolerantes y sin imaginación. Tesis desconectadas de la realidad, terminología vacía, ideales usurpados, sistemas inflexibles. Son esas cosas las que a mí, realmente, me dan miedo. Son estas cosas las que yo temo y odio con todo mi corazón. Es importante saber qué es correcto y qué no lo es, por supuesto. Sin embargo, los errores de juicio personales pueden corregirse en la mayoría de los casos. Si uno tiene la valentía de reconocer su error, las cosas, generalmente, se pueden arreglar. Pero la estrechez de miras y la intolerancia de la gente sin imaginación son igual que parásitos. Provocan cambios en el cuerpo que les acoge y, mudando de forma, se reproducen hasta el infinito. Y eso no hay manera de detenerlo. Y yo, semejantes sujetos, no quiero que entren aquí. -Ôshima señala las estanterías con la punta del lápiz. Se refería, por supuesto, a la totalidad de la biblioteca-. Yo no puedo tomarme a risa a gente como ésa. 


(Haruki Murakami)

jueves, 10 de septiembre de 2020

Kafka en la orilla (la tormenta de arena)

 A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta...


... Y tú en verdad la atravesarás, claro está. La violenta tormenta de arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará la carne cruelmente como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás.
Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena. 


Haruki Murakami 

martes, 8 de septiembre de 2020

Cometas en el cielo (fragmento)




“—Dijo: «Tengo mucho miedo». Y yo le pregunté: «¿Por qué?», y ella respondió: «Porque soy profundamente feliz, doctor Rasul. Una felicidad así asusta». Le pregunté por qué y dijo: «Sólo te permiten ser así de feliz cuando están preparándose para llevarse algo de ti”

Khaled Hosseini