viernes, 5 de octubre de 2007

Qué la poesía y no la prosa?

Entro a una pequeña tienda de libros, casi íntima. Dentro hay sólo una mujer que parece ancianísima, enroscada sobre si misma, con unos lentes muy gruesos atados con una cadenita que rodea su cuello. Todo en ella me parece utilitario, como destinado a lo que hace: Leer. Parece que estuviera desde tiempos inmemoriales ahí sentada, que viviera en su pequeña librería, que se vistiera con ropa cómoda para sentarse a leer y que fuera aprobando cada libro que ingresa a los anaqueles que la rodean por todas partes, llenos de tomos ordenados por editoriales, por autores, por temas o completamente desordenados como se merece la literatura miscelánea: Libros, libros, libros, parece que ahí tendría que estar toda la literatura universal. Parece crecer desde su lectura, brotar en su entorno.

Unas suaves campanitas, casi mágicas, casi silenciosas tintinean mi llegada. La ancianita levanta la vista, me mira, se quita los lentes y sonríe. "¡Hola!" me dice con alegría y produce el efecto mágico que hace fascinante a la literatura: Sus ojos claros, son tan vivos que la rejuvenecen hasta la inquietud. La alegre sonrisa la hace atractiva y parece invitar a sentarse a conversar para siempre. "¿Tiene algo del poeta Gutiérrez Nájera?" le pregunto. Sus ojos se entrecierran casi imperceptiblemente y su sonrisa sueña con ellos. Recita:

«¡Oh, qué dulce canción! Límpida brota
Esparciendo sus blandas armonías,
Y parece que lleva en cada nota
¡Muchas tristezas y ternuras mías!»


"Es de la Serenata de Schubert" me explica y con una pausa triste continúa: "No. Nada. Las editoriales no editan a los poetas y menos si son antiguos. Quizás sea que si la poesía se vendiera dejara de ser arte"; concluye como invitando a conversar. También sonrío para iniciar una larga divagación sobre poesía y prosa con ella. Es raro, le comento, que siendo así, si se congrega a un grupo de gente interesada en producir literatura, éste se consolida en torno a los poetas y no a los prosistas. Unos pocos aventuran cuentos breves, algún aventurero raro un relato o una novela y el mayoritario resto hace poesía. "Es más fácil hacer poesía" comenta sonriendo como si le divirtiera que no haya comprendido yo aún, algo tan obvio. La contradigo incluso con maldad: "¡Ah! No, no, no. No es así en modo alguno. Relatar un encuentro como este, darle un toque atractivo, en fin, sazonarlo con algo, una frase, una sonrisa, es sencillo. De ahí a hacer una poesía de lo mismo hay un espacio sideral".

"Vieja y por vieja
sabia, como el demonio
sentada en su escritorio
teje poesía y conjuros
silenciosos.
No son verdades
ni son mentiras
las que le traen.
Opiniones, opiniones,
opiniones que tiñen
los ojos de alegría
y de amor los corazones"


Responde con fluidez, así como antes recitara a Gutiérrez Nájera, como si su memoria sutil fuera infinita y en sus anaqueles estuvieran asequibles todos los poemas necesarios para cada instante. "¿Y esa, de quién es?" la inquiero. Niega con su cabecita de peinado gris y desordenado que ofrece más encanto que el más hermoso de los arreglos jóvenes. "De nadie" dice, "Es fácil hacer poesía" concluye, y remata: "Es tan breve". Nos sumergimos en una disquisición larga, larga sobre el tema. Sostiene que cualquiera puede hacer poesía o prosa por igual, pero la poesía es breve y tiene relaciones tan sencillas y abstractas como el lenguaje cotidiano, mientras que la prosa, en cualquier género debe tener una estructura, una argumentación. Necesita un exordio motivante, un desarrollo de ideas o personajes si es un relato o novela y debe conducir el pensamiento del lector según el deseo del escritor. "Todo eso" asegura, desincentiva hasta a los más audaces. Sólo unos pocos son tan locos". Trato de argumentar en contra de eso: Aseguro que la poesía ha de ser tan bella y abstracta y condensar tanto sentimiento, tanta razón en tan pocas palabras, que se requiere una síntesis intelectual superior para hacerla. "No así en la prosa" le digo. En prosa tengo todo el espacio del mundo para argumentar, describir, pincelar, detallar, atraer sustraer, encantar y nadie me ataja con las formas: Todo recurso es válido en prosa, mientras en poesía no.

Discutimos y argumentamos, yo cada vez con más esfuerzo, ella cada vez más sonriente como un hada que flota en los conceptos. Yo cada vez más arrinconado en mis argumentos, ella cada vez más maternal, como esas madres que con paciencia le enseñaban en aquel tiempo a leer y escribir a sus hijos, abriendo ante ellos toda la magia de las ideas guardadas en papel amarillo para siempre. Me convence. Me convence que una misma persona puede ser tan inútil o virtuosa en ambos territorios y si lo hace, su prosa puede ser pésima y lo mismo su poesía, y sin embargo llegado el momento de hacer, hará poesía porque entre mala prosa y mala poesía es más fácil hacer mala poesía: Cualquiera hace poesía y de hecho todos hemos hecho poesía alguna vez. Tal vez lo hayamos hecho en el silencio de un viaje en tren, en la exaltación del amor, en el paisaje vibrante de una geografía nueva, pero alguna vez hemos hecho poesía, aun cuando no la hayamos escrito. El poeta talentoso o el artista innato también hace poesía más fácilmente que prosa. La poesía es inmediata, es un toque un bocadito y por eso hay cientos de poetas de bocaditos. La prosa es más que un bocado, en cualquier caso, ya sea buena o mala. Hay que planificar, cimentar estructuras, poner en ella las piezas como quien hace un juego en ajedrez, y eso es trabajoso, mucho más que un bocadito.

"¿Por qué no hablamos de verdaderos poetas y verdaderos escritores?" me dice de repente, arrugando el ceño. Me encojo de hombros sorprendido. "¡Hagámoslo!" le digo, no sin cierto temor, ya que no soy un experto en aquello. Nunca me ha interesado saber de escritores o de poetas, o jamás he sentido el deber de leer el Ulises de Joyce, o conocer el pensamiento poético de Shakespeare, tampoco distingo a Garcilaso de Lope de Vega. Mi erudición es más bien pequeña. Más: Mis gustos son harto clásicos e instintivos. "Elige un verdadero poeta, a tu gusto" me dice. Me río nervioso y temo que mi elección me delate como entendido en lugares comunes. Para disimular un poco digo: "¡Qué raro llamarse Federico!, entre los juncos y la baja tarde". "¡Bah!" responde, "Creí que me la pondrías difícil. Selecciona un poema de García Lorca". Elijo y recito uno que siempre me ha sorprendido por sus figuras:

«Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene,
por un anfibio sendero
de cristales y laureles.
El silencio sin estrellas,
huyendo del sonsonete,
cae donde el mar bate y canta
su noche llena de peces.»


"¿Te das cuenta?" más afirma que pregunta. Me asegura que cualquiera que hubiera elegido del Romancero Gitano o de cualquier obra de García Lorca nunca contiene música suelta como los poemas breves de los breves poetas que son más en número que los escritores. Preciosa y el aire es un poema redondo como los limones que Antoñito el Camborio fue arrojando al agua. Hay en él un relato: Preciosa viene tocando su pandero y encuentra a un agresor, o cree encontrarlo en el sonido del viento que la persigue:

«Niña deja que levante
tu vestido para verte.
Abre en mis dedos antiguos
la rosa azul de tu vientre.»


Ella huye y se refugia en la casa del cónsul inglés. Ahí la tranquilizan con leche y ginebra que ella rechaza, mientras llorando relata su experiencia.

«Y mientras cuenta, llorando,
su aventura a aquella gente,
en las tejas de pizarra
el viento, furioso, muerde.»


El verdadero poeta no hace poesía inútil: Tiene algo que contar y lo hace en poesía. No es una pobre idea suelta de esos poetas numerosos que dicen de pronto tres versos:

¡Ay! madre qué enamorado estoy
en esta playa verde
sin piedras ni caracoles.


No son más que un recurso perdido, como la pepita de oro del viejo gambusino. La poesía verdadera, esa que nunca olvidamos, pesa en versos y en relato: Dibuja a Antonio Torres Heredia y lo pone camino de Sevilla a ver los toros. Es detenido con abuso, con injusticia por ser gitano y encerrado en un calabozo. Sus primos, los hijos de Benamejí lo interceptan y lo agreden porque se dejó detener por la guardia civil:

«Antonio, ¿quien eres tú?
Si te llamaras Camborio,
hubieras hecho una fuente
de sangre con cinco chorros.
Ni tú eres hijo de nadie,
ni legítimo Camborio.»


Así es la poesía. Hacer un poema sí es más difícil que relatar la misma prosa, pero estamos hablando, ahora, de poetas verdaderos y escritores. Leer historias vacías, que son no más que anécdotas de sobremesa, pueden convencer un tiempo, pero luego hastían. Es por eso que son pocos los escritores que llegan a asentarse en las estanterías, pero como la prosa es más fácil en este caso que la poesía, también se lee más y da más negocio. La poesía vacía es más fácil que parezca estar llena, pero también al meter la mano y hallarla sin nada, aburre de inmediato. Es así que dos o tres artilugios que relucen como poesía atraen al aficionado y lo hacen sentirse poeta. Sería necesario incentivar a los que se ven talentosos, en esa afición, a construir obras más macizas, de buena envergadura que se pueda llamar poemario que pese como una obra y no como boleto de carro. El tema no importa. García Lorca monta una obra sobre su visión de Nueva York, Neruda sobre Machu Picchu y actual o romántico, no importa, así como Béquer monta sus rimas sobre un amor imaginario, Jorge Manríquez escribe las coplas a su padre muerto y Zorrilla a un burlador de mujeres háganlo al tráfico o a los niños asesinados, a la muerte del bosque o al embrujo de unos ojos antiguos. Que sea mucho más que:

Viejos ojos verdes
cuando los miro me enamoro
si eres mía se encienden
y cuando me los quitas
lloro.


o bien:

«Entre sus brazos vivo.
Entre sus brazos duros quise morir
como un ave mojada.»


(Nancy Morejón)

Quizás muchos mueran en el intento y algunos otros lleguen a preferir la prosa que también desata llanto y risas, magia y embrujos al trenzar apropiadamente las palabras, las ideas y los sentimientos, o maravillen con la razón y el entendimiento.


(Kepa Uriberri)

viernes, 31 de agosto de 2007

31 de agosto

De la última época de su estancia aquí recuerdo una expresión en ese sentido, que ni siquiera llegó a pronunciar, pues consistió simplemente en una mirada. Había por entonces anunciado una conferencia en el salón de fiestas un célebre filósofo de la Historia y crítico cultural, un hombre de fama europea, y yo había logrado convencer al lobo estepario, que en un principio no tenía gana ninguna, de que fuera a la conferencia. Fuimos juntos y estuvimos sentados uno al lado del otro. Cuando el orador subió a la tribuna y empezó su discurso, defraudó, por la manera presumida y frívola de su aspecto, a más de cuatro oyentes, que se lo habían figurado como una especie de profeta.
Cuando empezó a hablar, diciendo al auditorio algunas lisonjas y agradeciéndole que hubiese acudido en tan gran número, entonces me echó el lobo estepario una mirada instantánea, una mirada de crítica de aquellas palabras y de toda la persona del orador, ¡oh, una mirada inolvidable y terrible, sobre cuya significación podría escribirse un libro entero! La mirada no sólo criticaba a aquel orador y pulverizaba al hombre célebre con su irresistible ironía; eso era en ella lo de menos.
La mirada era mucho más triste que irónica, era insondable y amargamente triste; su contenido era una desesperanza callada, en cierto modo irremediable y definitiva, y en cierto modo también convertida ya en forma y en hábito. COn su desolado resplandor iluminaba no sólo la persona del envanecido conferenciante y ridiculizaba y ponía en evidencia la situación del momento, la expectativa y la disposición del público y el título un tanto pretencioso del discurso anunciado - no, la mirada del lobo estepario atravesaba penetrante todo el mundo de nuestro tiempo, toda la fiebre de actividad y el afán de arribismo, la vanidad entera y todo el juego superficial de un espiritualismo fementido y sin fondo-. ¡Ay!, y por desgracia la mirada profundizaba aún más; llegaba no sólo a los defectos y a las desesperanzas de nuestro tiempo, de nuestra espiritualidad y de nuestra cultura: llegaba hasta el corazón de toda la Humanidad, expresaba elocuentemente en un solo segundo la duda entera de un pensador, de un sabio quizá, en la dignindad y en el sentido general de la vida humana.
Aquella mirada decía: "¡Mira, estos monos somos nosotros! ¡Mira, así es el hombre!"Y toda celebridad, toda discreción, todas las conquistas del espíritu, todos los avances hacia lo grande, lo sublime y lo eterno dentro de lo humano, se vinieron a tierra y eran un juego de monos...

jueves, 30 de agosto de 2007

¿Voy a morir?

¿Voy a morir? pregunté con la voz entrecortada. Nadie se atrevió a contestarme. El horario de visita terminó junto a los trámites de mi internación. los médicos me dejaron en este pabellón desconocido y blanco. Junto a un par de pantunflas, en la mesa, han dejado un espejo por si quería arreglar mi maquillaje y mi pelo en la mañana, pero no pude esperar, lo saqué y enfrenté mi desmedida palidez.

Hasta hace un tiempo atrás, cuando el equilibrio entre mis glóbulos aún era dominable, pensaba que lo que distinguía un día de otro era la actitud de la gente, hoy ya ni siquiera eso los separa, todas las actitudes acercan una despedida, todos los días se parecen a la muerte y es injusto que este día no termine.

Recuerdo el tiempo en que la muerte me era ajena, sostenía que lo más cercano que tenía un hombre era su eternidad y su muerte y decía que el holocausto me encontrarpia dormida o que tirarían la bomba mientras hacíamos el amor. Era el tiempo en que yo escuchaba que los niños, los locos y los borrachos decían la verdad, y yo que estaba niña, que estaba loca y borracha confiaba en mi palabra. Luego la enfermedad me prohibió la borrachera, me acorraló la niñez y me arrancó de la locura. Y ahora, después de haber renunciado a los tres atributos fundamentales de la verdad; este espejo me denuncia solitaria, con un par de vecinos moribundos.

Una voz, una de las más audaces me ha dicho que todos vamos a morir, automáticamente convertí y desdoblé mi pregunta en ¿Cuándo voy a morir? y ¿Cómo voy a morir?. No soporté pensar nuevas respuestas y quise exiliarme del planeta, aparentemente no hubo asteroide o dios capaz de sostenerme y a fuerza de transfusiones y lavajes me deportaron nuevamente a esta realidad leucémica. Cuando desperté sentí una mano que acariciaba con algo de ternura mi cabeza, repetitiva volví a preguntarle dónde estaba cuando yo empezaba a ponerle nombre a las cosas buscando un aerolito para su nombre. Él me contestó que muy lejos, pero que de todas formas ningún lugar hubiese sido lo suficientemente cerca. Él apretó con fuerza mi cabeza. Quise decirle que no quería morir sola, que lo había intentado pero que nuevamente había fracasado, terminé pidiéndole flores negras para un entierro negro. Él dijo que jamás, que las flores serían blancas, como las de la novia, que aún sabiéndose superfluas simulaban. Le pedí el espejo y morir de sobredosis. Comenzó a reírse y me miró haciendo gestos de que no, dijo que en este tiempo morir de sobredosis significaba tener demasiado filo. Le pedí entonces un poco de alcohol, dijo que estaba contraindicado con mi medicación, le grité que en este mundo todo se aparecía como contraindicado, que las indicaciones siempre marcaban hacia la derecha, y que la vida iba a contramano como un tranvía en pleno espacio sideral. Él me besó la frente y yo, como con un ataque de adolescencia, prometí no lavarma la cara nunca más.

Alejandra Kurchan