domingo, 9 de junio de 2013

Las crónicas de Belgarath

Fantasía épica de muy fácil lectura que te enganchará desde el primer capítulo :)





sábado, 6 de abril de 2013

Lo que dice la ciencia para adelgazar: ¿causa o síntoma?

"Sobre la causa del sobrepeso podría plantearse otra hipótesis: que comer demasiado no es una causa, sino un síntoma, y que la causa está en algún otro factor que impulsa a comer más de lo que se gasta.

De hecho, éste es el planteamiento que se hace con otras patologías. Imaginemos que usted sufre de narcolepsia. Sus síntomas son que duerme demasiado, se queda dormido en cualquier momento y en cualquier lugar, no puede controlarlo. Siente un cansancio continuo, una falta de energía que le impide rendir en su vida como le gustaría. Si usted acude a su médico ¿qué pensaría si éste le indica que debe dormir menos y estar más despierto y atento? Por desgracia la narcolepsia es un trastorno nervioso que no tiene origen conocido, pero incluso en esta dolencia pueden tratarse los síntomas con medicación. Aunque no sepamos el origen primordial, incluso para la narcolepsia se buscan remedios y tratamientos que actúan sobre los mecanismos que la producen. Nadie aceptaría nunca que un médico le aconsejara para la narcolepsia menos sueño y más atención. Creo que este supuesto médico duraría poco ejerciendo la profesión.

Permítame otro ejemplo. Supongamos que tiene usted un amigo que bebe mucha agua. Excesiva, demasiada agua, hasta el punto que le sienta realmente mal. Tiende sed continuamente y no puede dejar de beber en grandes cantidades. Su amigo le comenta que no puede evitarlo, que tiene mucha sed y que no puede dejar de hacerlo y le transmite los problemas de salud que le está generando el exceso de agua. Si es un buen amigo, usted le recomendaría que solicite la ayuda a un médico experto. Ni se le ocurrirá decirle que lo que tiene que hacer es beber menos y orinar más.

Sin embargo, al hablar de obesidad parece que todo cambia. En mi opinión, si un médico prescribe a un paciente con sobrepeso comer menos y hacer más ejercicio simplemente no está ejerciendo la medicina. Para decir eso no hace falta estudiar un montón de años de fisiología y endocrinología y pasar otro largo período de prácticas para especializarse. Como decía unas páginas antes, ¿es que la humanidad se ha vuelto loca? ¿o perezosa? ¿o hambrienta? ¿No sería más razonable pensar que una persona obesa come más de lo que gasta porque su organismo se lo está pidiendo (mediante el instinto más poderoso y terrible de la naturaleza, el hambre) y que lo hace porque algo no funciona adecuadamente?. Si así fuera, estaríamos dando un paso de gigante en la búsqueda de la solución, ya que habríamos abierto la puerta a la posibilidad de que exista una variable previa e independiente. Un factor que puede estar desequilibrando el correcto rendimiento y el equilibrio energético-alimenticio.

La ingestión de más calorías de las que se gastan puede ser un desorden, un síntoma de algo mñas trascendente."
He leído muchos libros desde la última entrada, pero tenéis que perdonarme porque no he sacado el tiempo para comentarlos aquí (muchas veces por pereza, otras por falta real de tiempo).
Intentaré ponerme las pilas y recuperar el tiempo perdido. Os lo debo :)

lunes, 4 de marzo de 2013

Fragmentos de "Buenos Presagios"

Para troncharse

"Todo el asunto de los esqueletos de dinosaurios fosilizados fue un chiste que los paleontólogos no acaban de coger"

"Dios no juega a los dados con el universo; juega a un juego inefable de invención Propia, que se podría comparar, desde la perspectiva de cualquiera de los jugadores, a verse envuelto en una versión oscura y compleja de póquer en una sala a media luz, con cartas en blanco, apuestas infinitas y un Tío que reparte sin explicar las reglas y que no para de sonreír"




martes, 5 de junio de 2012

Transformación (relato)

Mi voz era la de un villano. De manera que guardé silencio, y giré mi rostro hacia el cielo para evitar la visión con mi sombra; y me dediqué a contar las horas, y a rumiar sobre la dirección que tomaría a partir de ahora. [...] Durante las noches oscuras dormí, y soñé con ver mis deseos cumplidos. Dos soles se habían puesto, el tercero se despertaba. Me sentía nervioso, atemorizado. ¡Oh, esperanza; cuán temible resultas cuando es el miedo en lugar de las ilusiones el que te prende con su fuego! ¡Cómo te enroscas alrededor de los corazones , torturando cada uno de sus latidos! Cómo clavas aguijones desconocidos por todo nuestro débil mecanismo, que a ratos parece que nos haces temblar como cristales reducidos a nada, y a ratos nos otorgas algo parecido a la fortaleza, que tampoco sirve de nada; y así nos atormentas con sensaciones opuestas, como las que debe sentir un hombre fuerte que no es capaz de romper sus grilletes aunque se doblen en sus manos. 


Mary Shelley 

jueves, 3 de mayo de 2012

El ecologista escéptico (fragmento)

La contaminación atmosférica en el pasado

Hace al menos seis mil años que se conoce la contaminación atmosférica procedente del plomo, cuya primera alarma notable apareció en tiempos de los griegos y los romanos. Quinientos años antes de Cristo, el plomo contenido en el aire de Groenlandia superaba en cuatro veces al de las civilizaciones europeas antes de que comenzaran a fundir metales. En la Roma antigua, Séneca se quejaba del "pestilente, sucio y denso aire" de la ciudad. 
En 1257, cuando la reina de Inglaterra visitó Nottingham, encontró el fétido olor del humo del carbón ardiendo tan insoportable que llegó a temer por su propia vida. En 1285, el aire de Londres estaba tan contaminado que el rey Eduardo I estableció la primera comisión sobre contaminación atmosférica de la historia, y veintidós años después prohibió la quema de carbón, aunque esta norma nunca se cumplió. 
En el siglo XIV se intentó prohibir que la basura fuera arrojada al río Támesis y a las calles de Londres, con el fin de evitar el tremendo olor que provocaba, pero sin éxito. En 1661, John Evelyn afirmaba que "la mayoría de los londinenses respiran una sucia y fina niebla, acompañada por un vapor fuliginoso y asqueroso, que destroza los pulmones". [...] La ciudad estaba tan contaminada que el poeta Shelley escribió: "El infierno debe de ser muy parecido a Londres, una ciudad abarrotada de gente y de humo". 
Gran parte de la contaminación procedía del carbón mineral, materia prima muy barata que contiene un alto grado de azufre, y del carbón vegetal, que se utilizaban en la industria desde el siglo XIII. La deforestación que sufrieron los alrededores de Londres encareció la madera, y desde comienzos del siglo XVII en las casas particulares se empezó a quemar carbón en grandes cantidades, lo que multiplicó por veinte su consumo durante los cien años siguientes. 
El deterioro del aire llevó a muchos ciudadanos a protestar a finales del siglo XVII. Mucha gente comprobó que los edificios se estaban picando y que las estructuras de hierro se corroían mucho más deprisa. Incluso antes de terminar la restauración de la catedral de San Pablo, el edificio volvió a estar ennegrecido. [...]
Las consecuencias son muy diversas. Mientras en el siglo XVIII la niebla cubría Londres unos veinte días al año, a finales del siglo XIX la cifra superaba los sesenta días. Por lo tanto, no es sorprendente el hecho de que Londres reciba un 40% menos de luz solar que los pueblos de sus alrededores. De forma similar, las tormentas eléctricas se duplicaron en Londres desde principios del siglo XVIII a finales del siglo XIX.
La densa contaminación provocó un aumento considerable en los fallecimientos humanos. No obstante, la gente empezó a darse cuenta de una cierta relación entre la contaminación y las enfermedades. No es casual que la bronquitis se conociera inicialmente como la "enfermedad británica". La última niebla severa de diciembre de 1952 se cobró la vida de unos cuatro mil londinenses en tan sólo siete días. 



jueves, 26 de abril de 2012

El ecologista escéptico (fragmento)

Recursos no energéticos

La preocupación por el agotamiento de los recursos no sólo afecta a la energía; también la sufren gran cantidad de materias primas no renovables que utilizamos a diario. 
En realidad, siempre hemos temido quedarnos sin recursos. En la antigüedad ya se hablaba de la posible escasez futura de cobre y estaño. En el conocido libro Limits to Growth de 1972 se subrayó la antigua creencia y se afirmó que gran parte de los minerales podían agotarse pronto. El oro se acabaría en 1981, la plata y el mercurio en 1985, y el cinc en 1990. Pero, tal como viene siendo habitual, nada de esto se ha cumplido.


La pesimista (y perdida) apuesta sobre el fin de los recursos

Aunque los economistas llevan tiempo afirmando que los temores sobre el agotamiento de los recursos carecen de base, este miedo fue increíblemente asumido por muchos intelectuales de los años setenta y ochenta. 
Harto ya de las incesantes afirmaciones que daban por terminadas las reservas petrolíferas, alimentarias y de materias primas, el economista Julian Simon desafió en 1980 a estas creencias catastrofistas: apostó 10.000 dólares a que cualquier materia prima que eligieran sus oponentes habría bajado de precio al menos un año después. Los ecologistas Ehrlich, Harte y Holdren, todos ellos de la universidad de Stanford, aceptaron la apuesta, afirmando que "la tentación del dinero fácil resultaba irresistible". Los ecologistas eligieron para la apuesta el cromo, el cobre, el níquel, el estaño y el tungsteno, fijando como plazo un margen de diez años. La apuesta debía comprobarse pasado ese tiempo, determinando si los precios reales (con la corrección correspondiente a la inflación) habían subido o bajado. En septiembre de 1990, no sólo el total de las materias primas, sino cada una de las apostadas, habían bajado de precio. El cromo había bajado un 5% y el estaño un increíble 74%. Los pesimistas habían perdido. 
En realidad era imposible que ganaran. Ehrlich y compañía habrían perdido incluso aunque hubieran apostado por el petróleo, por alimentos como el azúcar o el café, por el algodón, la lana, los minerales o los fosfatos. Todos habían bajado de precio. 

El ecologista escéptico (fragmento)

La crisis del petróleo

¿Por qué estamos pensando siempre que se agota el petróleo cuando no es cierto?
En 1865, Stanley Jevons, uno de los científicos europeos mejor considerados, escribió un libro sobre el uso del carbón en Inglaterra. En su análisis, la revolución industrial mostró un continuo incremento en la demanda de ese producto, lo que inevitablemente podía causar la desaparición de las reservas inglesas de carbón y detener la evolución de su industria. "Nada indica que pueda aparecer algo que sustituya al agente principal de la industria". Sus argumentos no diferían demasiado de los que se exponen en el libro Limits to Growth. 
Pero lo que él ignoraba es que cuando el precio del carbón subiera, también lo harían los incentivos para buscar usos más eficientes del carbón, para descubrir nuevas reservas, para abaratar los costes de transporte y para encontrar fuentes de energía alternativas, como el petróleo. La crisis pronosticada por Jevons nunca tuvo lugar.
Tanto la idea de que podemos utilizar mejor los recursos como la de que cada vez podemos encontrar más entran en lo que podemos considerar la ingenuidad humana. Es cierto que la Tierra es esférica y limitada, pero eso no es necesariamente un impedimento importante. El verdadero problema consiste en determinar qué tamaño tienen los depósitos que podemos explotar. Aunque parezca que estos depósitos son limitados, si el precio sube, asimismo lo hará el deseo de encontrar nuevos yacimientos y de desarrollar mejores técnicas de extracción. Por lo tanto, la subida del precio eleva también nuestras reservas totales, con lo que el precio volverá a bajar. 

1) Recursos conocidos no es una entidad finita. No es que ya conozcamos todos los lugares en los que hay petróleo y sólo esperemos a extraerlo. Continuamente se exploran zonas nuevas y se encuentran nuevos yacimientos. Pero la búsqueda cuesta dinero, por lo que no se iniciarán nuevas localizaciones mientras haya suficiente producción. 
2) Cada vez explotamos mejor nuestros recursos. El uso de modernos avances tecnológicos nos permite extraer más petróleo de los yacimientos ya conocidos, descubrir nuevas zonas de extracción y comenzar a extraer petróleo en yacimientos que antes resultaban demasiado caros y/o difíciles de explotar. La primera perforación que se realiza en un yacimiento suele aprovechar tan sólo un 20% del petróleo que contiene. Incluso utilizando las más modernas técnicas, además de agua, vapor o inundaciones químicas, más de la mitad del contenido permanece en tierra sin ser extraído. Se calcula que los diez campos petrolíferos más grandes de Estados Unidos seguirán conteniendo el 63% de su petróleo original cuando finalice su explotación. Por lo tanto, aún queda mucho petróleo aprovechable en dichas áreas. 
Al mismo tiempo, cada vez obtenemos más rendimiento por cada litro de petróleo, y aún tiene que mejorar bastante. 
3) Podemos sustituir. Lo que en realidad demandamos no es el petróleo en sí, sino los servicios que nos proporciona. La energía que más solicitamos es la que nos permite calentarnos, y actualmente podemos obtenerla de otras fuentes distintas del petróleo. Por lo tanto, si encontramos otras fuentes de energía mejores y más baratas, prescindiremos del crudo. En Inglaterra, allá por el año 1600, la madera empezó a encarecerse drásticamente (por culpa de la deforestación local y de la deficiente infraestructura), lo que obligó a un cambio progresivo hacia el consumo de carbón. A finales del siglo XIX se produjo un cambio similar, esta vez desde el carbón al petróleo. 
A corto plazo, parece más razonable sustituir el petróleo por los otros combustibles fósiles conocidos, el gas y el carbón. Sin embargo, a más largo plazo cabe la posibilidad de que cubramos gran parte de nuestras demandas energéticas mediante la energía nuclear, eólica y solar, la biomasa o el aceite de esquisto bituminoso.